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¿Son para Dior todos los chinos iguales?

Dior, la firma preferida por muchas celebrities, está en el ojo del huracán por unos fotomontajes de su nueva tienda en Shangai. Blogs y periódicos de todo el mundo acusan a la empresa de racismo por clonar a destajo a modelos chinos con Photoshop. ¿Es intencionado?
Dior, la firma de alta costura preferida por muchas celebrities, está recibiendo numerosas críticas desde algunos blogs y periódicos. El motivo es una serie de fotomontajes hechos por el fotógrafo chino Quentin Shih para la nueva tienda de la empresa en Shangai, un trabajo por el que se acusa a la marca y al autor de dar una imagen racista de China.
En ellos se ve a una mujer occidental vestida con ropa de la firma y rodeada de modelos chinos clonados con Photoshop. Algo que para muchos transmite el mensaje de que “todos los chinos son iguales”. A nosotros nos parece que la cosa más bien se trata de una cuidada estrategia pata lograr publicidad gratuita.
Como podemos ver visitando su web Quentin Shih más que un fotógrafo de moda es un artista metido a publicista. Sus imágenes de gran impacto son muy demandadas por las empresas occidentales que quieren aterrizar en China. Como Microsoft, Nokia o la misma Dior, para la que no es la primera vez que trabaja. Pues ya fue apadrinado por la firma francesa de alta costura en 2008 para hacer un trabajo similar: la serie de imágenes ‘The Stranger in the glass box’.
Entonces mostraba también a una modelo occidental ataviada con vestidos de la firma. Pero en aquella ocasión aparecía en una urna de cristal junto a figurantes y paisajes que simbolizaban la China comunista. Una fórmula facilona, aunque las imágenes fuesen impecables a nivel técnico, para mostrar otra vez el impacto del capitalismo en la sociedad y el paisaje del país.
Algo que volvió a hacer en un reportaje para el Vogue en China, mostrando en la revista una versión renovada de la propaganda militar comunista en la que varios soldados se pliegan ante los encantos de una camarada. Pero Quentin Shih  también ha utilizado a famosos occidentales en sus fotos, como vemos en el trabajo en el que aparecen Nadal y a Federer entre otros tenistas junto a esculturas que los presentan como los guerreros chinos de terracota. Por trabajos así en Esquire dijeron que Quentin Shih era uno de los grandes fotógrafos del momento.
En la serie que acaba de realizar, Shangai Dreamers, juega de nuevo con la estética de la propaganda comunista china, en la que solían aparecer grupos de gente para demostrar que el país caminaba unido en una misma dirección y que en él sólo había un nombre propio: Mao, suplantado ahora por la modelo de Dior. Que aparezca un telón tras el que se ve la silueta de un paisaje es un guiño a los ballets chinos y los espectáculos de masas.
Poniéndonos maquiavélicos podemos incluso pensar que esa forma de clonar una y otra vez al mismo modelo es una pequeña venganza de la empresa contra el país del que salen más copias de sus productos. Sea como sea no terminamos de creernos la sorpresa de Quentin Shih ante las críticas recibidas, pues desde luego su trabajo puede ser muchas cosas pero está claro que con él buscaba provocar.
¿Es racista la campaña? Más bien peca de oportunismo y falta de creatividad. Pues el recurso de jugar a contrastar el capitalismo y el socialismo es un argumento muy sobado desde que cayó el muro de Berlín. Pero lo peor es que utilizado para vendernos ropa de lujo nos parece un asunto muy cínico.
En los últimos años de hecho hemos visto una oleada de artistas chinos remezclando al gusto occidental los iconos de la China de Mao. Son obras perfectas colgar en los despachos de las grandes multinacionales instaladas en el país.
Hubiese sido de agradecer una chispa de originalidad para esas fotos ¿qué tal si en vez de una modelo occidental desconocida hubiesen aparecido en las fotos John Galiano o incluso Lindsay Lohan, una asidua de los desfiles de Dior? Seguramente la cosa hubiese tenido mucha más gracia y habrían corrido incluso más ríos de tinta, que al fin y al cabo es lo que que pretende Dior con semejante encargo, por mucho envoltorio artístico que le ponga al asunto.