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Álvaro de Miranda, el jinete que hizo resplandecer a Athina Onassis

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La sabiduría popular suele referirse a la gente con suerte como que siempre caen de pie, como los gatos. El caso de Álvaro de Miranda va más allá. En el concurso hípico internacional CHIO de Aquisgrán de julio de 2008, se cayó de cabeza directamente, pero sólo se lesionó en la pierna, y eso que fue arrastrado varios metros por el caballo. Si a eso le añadimos que es uno de los mejores jinetes de Brasil y que está casado con una de las mujeres más ricas del mundo, podemos decir que sí, es un tipo con suerte.
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Apodado 'Doda', Álvaro es también medallista olímpico en los Juegos de 2004. Lo tiene todo. Pero es que, además, cuando gana y suena el himno de su país, Brasil, dice que se emociona, sobre todo si lo escucha en su casa. Ésta es la principal preocupación de este hombre, la hípica, ya que no da entrevistas prácticamente sobre su vida personal y no necesita de los flashes para tener relevancia. En todas las competiciones va a acompañado de su chica y lo natural es captarles dándose muestras de cariño. Beso va, beso viene. Eso es lo que quieren que sepamos de ellos nada más, que se adoran.
No obstante, como todo hombre sobre esta tierra, tiene una gran historia detrás digna de ser contada. Se casó con Athina Onassis en 2005, poco después de alcanzar los laureles olímpicos y convertirse en un héroe para su país, que se llevó diez metales de los Juegos de Atenas. Antes ya tuvo una pareja de larga duración, la brasileña Cibele Dorsa, una espectacular modelo brasileña, con un lunar a lo Cindy Crawford pero en el lado contrario. La dejó poco antes de empezar su relación con la nieta de Aristóteles Onassis.
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Con ella había tenido una hija, Viviane, a la que ahora Athina, que también ha tomado el apellido 'De Miranda', cuida como si fuese su propia madre. Cuando paran de besarse y darse abrazos por un segundo en los concursos hípicos, es normal ver a los tres conversar y departir tranquilamente, como una familia muy unida. Y sobre todo unida a este deporte, no en vano, se conocieron entrenando en el mismo club.
Álvaro es doce años mayor que Athina. Y la comidilla de todo este asunto es que ella, una de las mujeres más ricas del mundo, le conoció cuando sólo tenía 17 años, seis meses antes de recibir la herencia que le había dejado su madre. El atractivo de Álvaro no ofrece lugar a dudas. Athina, en cuanto cumplió la mayoría de edad, dejó la casa donde vivía con sus hermanos y su padre, también el colegio Lycée Moliere al que acudía en Bélgica para cursar bachillerato: Puso los pies en polvorosa y se fue a vivir a Brasil, con su príncipe azul, con caballo (a docenas) y todo.
Los comentarios maliciosos, ante una historia tan prototípica, no tardaron en sucederse en el papel couché, pero para no dejar lugar a dudas, un poco en plan Alfonso Díez con la Duquesa de Alba, se casaron con separación de bienes. Patrimonio que no eran unos bienes cualquiera, se trataba de tres mil millones de dólares.
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Unas cifras de tal magnitud que les obligan a ir a todas partes acompañados de 25 guardaespaldas. Cuando tenía 7 años, Athina sufrió un intento de secuestro y se dijeron 'nunca más'. Álvaro es lo que peor lleva, este séquito, en el que varios gorilas trabajan para su seguridad desde antes de iniciar esta relación. Su padre era un empresario brasileño también con una notable fortuna y le obligaba a recorrer el mundo de concurso en concurso acompañado de dos guardaespaldas. Incluso, cuando volvía a Brasil, tenía que desplazarse en un vehículo blindado.
Pero el cambio verdadero fue para su mujer. Mucho se puede conjeturar del interés de esta unión entre un hombre tan mayor, con una hija y una relación estable, que lo deja todo para 'robar' del domicilio paterno a una menor millonaria, pero lo cierto es que a Athina todo esto le ha sentado estupendamente. Cuentan las crónicas que era una adolescente insegura, tímida, con gafas nada trendy, que le repelía la vida pública y que, además, nunca se arreglaba. "Su look raya en el desaliño", llegó a decir un medio.
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Sin embargo, después de conocer a Álvaro e independizarse de sus padres, adelgazó, se puso lentillas y empezó a preocuparse por seguir la moda con un mínimo de elegancia y estilo. Prueba de este cambio es que en su boda, cuando empezó a sonar Fly on the moon de Frank Sinatra, y apareció Athina vestida de blanco por Valentino (un vestido de más de 50.000 euros) se le saltaron las lágrimas. La cosa no quedó ahí. Athina también aprendió a bailar samba. Cambió el frío continental y los cielos nublados del norte de Europa por una vida en el paraíso, en Brasil, junto a un hombre de ensueño. Podría ser tímida, sí, pero no tonta.