Álvaro González

Joachim Sauer, el hombre que ablanda a Angela Merkel

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Al señor esposo de Ángela Merkel le valdría el dicho aquel de "un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma". No sólo cierra la boca con cemento, se muestra hierático y hasta hostil con la prensa. Vivió la mayor parte de su vida en la República Democrática Alemana, un país desaparecido que no se caracterizaba precisamente por su crónica social. Es hasta complicado encontrar fotos de juventud de este profesor de química, pero la ocasión requiere analizar su pasado cuanto antes. En estos días en los que el pueblo griego muestra su odio visceral hacia Angela Merkel, lo mismo que ella se muestra inflexible con su deuda, es necesario conocer cómo es ese hombre que abraza a la dueña de Europa por la noche.

Los datos más abundantes sobre Joachim Sauer hablan de que es un adicto al ahorro, pero como todo, habría que matizarlo. Resulta que en Alemania las parejas de los cargos políticos deben pagarse el viaje en aviones y otros medios de transporte oficiales. El profesor Sauer, antes de pagar por viajar en avión a reacción con su mujer –que le saldría por más de mil euros cada viaje- prefiere cogerse una aerolínea low cost e ir más apretadito, tardar un poco más, pero sin causar estragos en su cuenta bancaria. ¿Es un tacaño o tan sólo un hombre sensato?

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Austero hasta el extremo u hombre de mundo, lo cierto es que tanto para Joachim como para Angela, la vida cambió por completo en 1989. Cuando cayó el Muro de Berlín y con él el régimen comunista de Alemania Oriental, Joachim pudo viajar a Estados Unidos a compartir y aprovechar sus vastos conocimientos en Química, disciplina en la que no es  sólo un profesor de Universidad cualquiera, sino una eminencia mundial. Dicen los cotilleos en Alemania que si se muestra tan esquivo con la prensa es porque quiere que se le conozca, y reconozca, como lo que es, un científico muy importante, y no el marido de una destacada política.

En Estados Unidos pudo trabajar con ordenadores y tecnología punta. Sus investigaciones alcanzaron gran relevancia. Pero al mismo tiempo, años más tarde, cuando su mujer llegó a canciller, de repente dejó de hablar con la prensa. Ni una sola entrevista. A veces se ha preguntado a Angela si él está contento con su estatus. La político contesta que sí. Del mismo modo que ella está orgullosa de que él sea un eminente científico, aunque por lo que sea, prefiera más apoyarla en privado que en público. Eso sí, ha trascendido que el tema del que gusta hablar el matrimonio suele ser, al margen de los hijos y otras obligaciones, la química cuántica, a la que ella dedicó media vida. Aunque tiene dos hijos de su primera mujer, Daniel y Adrian, ya para salir de la Universidad.

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Joachim con su hijo Daniel

Así que tampoco es que nos estemos perdiendo al rey de la fiesta con esta omertá que se autoimpone. A Joachim le gusta Wagner, el montañismo. Podría ser un alemán de manual. Claro que la mente española no está hecha para que la empatía con estas gentes del norte sea fácil. A ver quién vibra con su historia de amor: Intimaron porque él conducía su tesis en la universidad, ella dejó a su esposo, el propietario original del apellido Merkel, y se fue de casa llevándose consigo un solo electrodoméstico: la lavadora. Luego él también se divorció y tardaron casi veinte años en casarse. Cuando a Merkel le echaban en cara que no habían formalizado sacramentalmente su unión, contestaba: precaución,  precaución. Apasionante.

Durante su relación, se sabe que ella redactaba la lista de la compra y él iba a por ella al súper disciplinadamente cada semana. Ella conservó tantos años el apellido de su primer esposo porque, como se ha dicho, no se casaron hasta muy tarde y ya, acostumbrada, pasó de cambiárselo otra vez. Lo que ha llevado a pobres incautos como Nicolas Sarkozy a llamarle “Herr Merkel” en una ocasión. No es de extrañar con percances como éste que esté extendido que no vale para las cenas, galas y demás saraos en los que se ve obligada a ‘trabajar por Alemania’ su mujer. Sauer no suele ocultar su cara de aburrimiento en este tipo de actos.

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Encima, su apellido significa “amargo”, aunque era hijo del pastelero de un pueblo de 2.000 habitantes. Pero se gana el apelativo a pulso. Siempre lleva el mismo peinado, americanas oscuras. La elección de su mujer al Parlamento, el día más importante en la vida, lo siguió en casa, por la tele. Es que en su casa debe sentirse como en un templo sagrado. Viven en un apartamento de lujo en Berlín, construido por una inmobiliaria española, por cierto, en la Isla de los Museos. En una ocasión le montaron un concierto en unas fiestas debajo del balcón y llamó a la policía para que midiera os decibelios con la ley en la mano.

Se conocieron en un viaje a Leningrado, actual San Petersburgo, que era una ciudad en absoluto tan bulliciosa como las del otro lado del Telón de Acero. Por no hablar del frío y los días nublados. Igual estamos en condiciones de afirmar que son dos muermos vocacionales y de cuna, pero ¿quién cambió a quién? Porque Merkel fue camarera de bar de copas y okupa en aquella RDA… pero esta es otra historia…

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Álvaro González

“La mirada fija en el pasado nos impulsa hacia el futuro, decía el bueno de Nietzsche”

Le gustaría vivir en la Hemeroteca Nacional, pero no dejan fumar. Dar bocanadas de humo frente a una montaña de revistas amarillentas con décadas de antigüedad es lo que entiende por emociones fuertes. Vivir al límite. Todo tiempo pasado no tiene por qué ser mejor, pero sí un piacere...

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