Álvaro González

José Tomás, matador de toros y coleccionista de ositos de peluche

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Acaba de firmar en Nimes la corrida de toros más importante de su vida. Para algunos, quizá la más perfecta de la historia. José Tomás ya era un mito, pero ahora es más mito que su propio mito, si es que vale la expresión. Tanto, que Antonio Lorca ha contado en El País que en determinados ámbitos se rumorea con su retirada. Esta vez sí, en todo lo alto. Sería la pérdida de una leyenda hecha hombre, pero en realidad José Tomás, cuando deja de deslumbrar, es un ser humano más. Un hombre con gustos y manías, intereses y fobias, como cualquiera.

Mucho se insiste en que José Tomás quería ser futbolista y que fue su abuelo, Celestino, quien le inculcó el gusto por el toreo. Y lo hizo aunque tuviera que pincharle balones de fútbol para que se olvidara del sueño de jugar en el Atlético de Madrid de sus amores. Él le cogía de la mano e iban a Las Ventas cada vez que había corrida. Fue un auténtico empecinamiento lo de inculcarle el amor a la tauromaquia.

En esta batalla se enfrentó con el padre del muchacho, José, que había jugado en el Madrid y fue luego entrenador y presidente del Galapagar. Y ganó Celestino, quien, no en vano, había sido taxista de toreros. En cualquier caso, a Tomás le ha quedado gusto por el fútbol, y por el bueno. Admite que aprecia a un equipo que juega bien sea cual sea. Y algo sí pudo jugar. Fue delantero y centrocampista en el Galapagar hasta juveniles. Terminó de mediocentro y se recuerda a sí mismo como el pulmón del equipo, uno de esos jugadores físicos que le gustan a Mourinho.

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Pero ahora lo que tenemos es un torero-torero. Fue elegido para la lidia por Celestino porque era el mayor de sus hermanos -tiene tres, Marcelo, Antonio y Andrés, que fue su mozo de espadas- y actualmente ya recula y dice que un futbolista podrá ser muy famoso y muy bueno, muy importante, pero nunca se estará jugando la vida como un torero.

Mucho se ha hablado de sus ideas políticas. De si es republicano, hasta hay un libro de Javier Villán donde se le da vueltas al asunto en ciento y pico páginas. Todo viene de una ocasión en la que no brindó un toro al Rey. Pero según este autor tampoco es habitual que lo haga con los de sangre roja. Sólo ha brindado cuatro en su vida: En Las Ventas a Vicente Amigo, que le hizo un pasodoble, en San Sebastián de los Reyes a su abuelo Celestino, el que le pinchaba los balones, en Linares a su amigo Joaquín Sabina, en Valencia a Paco Camino y en Valladolid a su veedor, Joaquín Ramos.

Cuando le preguntaron por ese desplante al monarca, Tomás contestó que se lo brindó a todo el público, entre el que se encontraba Juan Carlos, de modo que técnicamente le había brindado el toro. Una respuesta huidiza. Sin embargo, por otra parte, su padre es constructor y fue alcalde por el PP, aunque eso tampoco es óbice para que uno sea republicano si le apetece.

De su romance se sabe menos de nada. Diez Minutos desveló en su día cómo fue la historia y ya no hay más. Isabel trabajaba en un centro comercial de Estepona. Se enamoraron en el acto y se fueron a vivir juntos cuando él tenía 27 años y ella unos cuantos menos. Isabel trabajaba en una tienda de fotografía, el Foto Lab, del Carrefour y estaba casada, también lo dejó todo por él. Les presentó un amigo común, Javier, que trabajaba en la cafetería del centro comercial.

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Ya tienen un crío que, por supuesto, no ha sido presentado a la prensa y sobre él no se ha dicho nada. Tan sólo hay algunos robados. Durante las vacaciones del diestro en Cádiz este mes de junio, los paparazzi captaron al pequeño jugando entre sus piernas con una gorrita. Una escena tierna, pero también de lo más normal. Nadie repararía en ellos si no supieran quién es. Su chica no luce biquinis rompedores y él no está ni musculado ni tatuado.

¿Por qué tanto afán por la normalidad? Su madre ha dicho que siempre fue muy suyo, muy introvertido. Pero hay que ir a Galapagar para encontrar que, aunque fuera reservado, sí que era sociable. En un reportaje de El País una camarera de un bar mostró al reportero una foto en la que había ganado el campeonato de mus con su otro abuelo, Manolo Roco.

Pero la imagen que persiste es la del hombre que huye de los focos. La época de su retiro fue soberbia en este sentido. Con la barba –aunque luego reconoció que se la deja todos los inviernos- otras veces con melenas, tratando siempre de no salir en la foto. Si hasta ha reconocido que odia los teléfonos. No soporta que no paren de sonar. Lo normal es encontrar el suyo siempre apagado.

No obstante, en una entrevista en El Mundo dijo que la culpa de todo este mito no es más que de su propia timidez. Quizá se trate, sencillamente, de lo que escribió sobre él Almudena Grandes de que “nunca dice tonterías, nunca se adorna con la gracia fácil y superflua, insoportable, de los taurinos profesionales, ni se esfuerza por convertirse en el protagonista de las reuniones”. Ser así es raro en España y, por supuesto, da que hablar.

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Porque siempre trascienden aspectos relacionados con lo esquivo que es y las pocas entrevistas que concede. Pero se ignoran datos hilarantes como el que reveló El Mundo de que vive rodeado de osos de peluche. Que una vez le dieron uno, le cogió cariño, empezó a llevárselo a todas partes y se convirtió en el regalo ideal para el torero, el que todo el mundo empezó a hacerle. Hasta los aficionados se los arrojan a la arena del ruedo.

También se rodea de amigos del mundo de la cultura y el periodismo. José Ramón de la Morena le dedicó su biografía “al hermano menor que nunca tuve”, de sobra conocida es su amistad con el músico Joaquín Sabina, con quien ha cenado hace poco junto a sus respectivas parejas. Y con la bailarina Sara Baras, Joan Manuel Serrat o Albert Boadella, que son su gente, pero también sale con sus antiguos compañeros del colegio o no se le caen los anillos si tiene que jugar en el equipo de fútbol sala del bar Macarena de Estepona, donde reside.

Lo que se deduce de todo esto es que, si José Tomás se retirase, al margen de los actos de su fundación, como una gota de agua en el mar se mimetizaría con el común de los mortales en una existencia convencional. Con su música, le gusta el jazz, con sus DVD, su película favorita es Seven, sus ídolos, Manolete y Lupe Sino… su bicicleta y sus perros. O sus libros. Le gusta leer, así que quizá sepa que la fama es una forma de pobreza cubierta de oro, y él lo que anhela no es más que ser verdaderamente rico.



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Álvaro González

“La mirada fija en el pasado nos impulsa hacia el futuro, decía el bueno de Nietzsche”

Le gustaría vivir en la Hemeroteca Nacional, pero no dejan fumar. Dar bocanadas de humo frente a una montaña de revistas amarillentas con décadas de antigüedad es lo que entiende por emociones fuertes. Vivir al límite. Todo tiempo pasado no tiene por qué ser mejor, pero sí un piacere...

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