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Almudena Cid, sobre sus cuentos: "Si alguna vez tengo una hija, la llamaré Olympia"

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Almudena dejó la gimnasia como quien rompe "con un novio al que has querido con todo el alma pero a quien sabes que ya no puedes dar más". Lo hizo entre lágrimas, en sus cuartas olimpiadas, besando un corazón que había dibujado con la cinta sobre el tapiz. Ahora cierra etapa "definitivamente" con su amor ("se lo debía", dice) escribiendo una biografía 'sui generis': una saga de cuentos en los que narra su aventura rítmica desde que empezó a entrenar en su pueblo vasco. Las niñas están dejando las estanterías vacías.
Quedamos en Mediaset, a pocos metros del estudio de 'Pasapalabra' donde conoció al que hoy es su marido, Christian Gálvez. "Me hace mucha ilusión venir aquí de nuevo, este sitio me cambió la vida", dice nada más llegar, estusiasta, expresiva. La historia es bien conocida: él empezó "a tirarme los trastos en directo y pidió mi teléfono y se lo curró mucho". Pero ella le dijo que estaba preparando sus últimos juegos y que no podía despistarse. Aún así, el presentador asumió su segundo plano y le fue a ver durante meses cada semana a Barcelona. ¿El resultado? Una boda y, quizá, una familia "en breve", dice ella.
¿Cómo empezó todo esto de los cuentos?
Llevaba pensándolo muchísimo tiempo. Me pedían mi biografía, pero yo quería hacer algo para niños, que enseñe a los niños los valores de mi deporte. Crecí con los dibujos animados 'Piruetas', de Valentina, y ese referente fue muy importante para mí. De hecho el único que encontré. Ése y Svetlana Jórkina, una gimnasta real de la antigua Unión Soviética que me encanta.
¿Y por qué Olympia?
Porque pensé que si alguna vez tengo una hija la llamaré Olympia.
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¿Sigues pensándolo?
Sí… o Valentina, ahora ya no sabría cuál elegir [risas].
¿Qué tal han recibido las niñas los dos primeros cuentos?
Súper bien, he estado en los campeonatos de España firmando y se me han agotado. Sobre todo me escriben las madres y me cuentan que nunca habían visto leer a sus niñas con ese interés. Si yo hubiese tenido algo así me hubiese pasado lo mismo, lo hubiese devorado.
¿Todo es autobiográfico?
Casi todo. Intento que lo que me sucedió siempre transmita algo constructivo. Aquello que en su día yo no supe ver porque era joven lo digo y lo marco mucho a través de la voz de la entrenadora: las niñas están hartas de oír hablar de disciplina en los entrenamientos, pero si lo leen ellas, y de mis cuentos, se las queda de otro modo.
¿Cómo es Olympia?
Pues como soy yo [risas]: muy soñadora, insegura en el fondo, duda mucho de sus capacidad aunque luego los hechos le dicen que no debe dudar, pero luego tiene ese carácter luchador de querer mejorar y avanzar. En el primer cuento, por ejemplo, se ve de pronto en el Equipo Nacional, al que yo llegué con 13 años, pero es gracias a su perfeccionismo y a su tendencia a no conformarse.
La entrenadora se llama Iratxe, como la tuya…
No quise cambiar los nombres a los personajes. Es un homenaje a ella. Y otro personaje es Rufino, el bedel, que al principio era muy serio y luego siempre me animaba si había tenido un entrenamiento flojo. Luego está Marta es mi mejor amiga de verdad…
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También hay un chico por ahí…
Se llama Ortxi [risas]. Es mi mejor amigo ahora. Todas estábamos enamoradas de él: era rubito, campeón de España desde chiquitín, hacía un frontal increíble… Cada vez que entraba nos dejaba sin respiración. Él se fue al Circo del Sol y me llamó años después, justo el día que más lo necesitaba, y me dijo lo que necesitaba oír. Recuerdo que yo tenía un disgusto enorme porque la Federación me estaba haciendo la vida imposible para forzar a que me retirase y me dijo: ‘Almu, hay vida más allá de la gimnasia’. Así relativicé todo. Fue en 2003, antes de conseguir la tercera clasificación para unas Olimpiadas.
¿Y luego vino otra, no? Tienes el récord mundial por haber llegado a la final de cuatro…
Sí, porque me empeñé en alargar de los 20 y los 24 y todos allí me decían que eso para una gimnasta era ser ya demasiado vieja. Y yo no quería dejarlo porque no veía que mis facultades estuviesen mermadas para ello, así que me clasifiqué para los Juegos de 2004 y seguí además hasta Pekín 2008. Y al final sé por la Federación Internacional que siguen considerando eso que hice un ejemplo para abrirles la mente a algunos entrenadores.
La experiencia es un grado…
Desde luego, pero muchos no lo entienden. Nuestro deporte es de mujeres y los años hacen que ganes en presencia, que conectes mejor con el público, que el dominio de los aparatos mejore… Los años eran todo ‘pros’ y nos lo vendían como lo contrario. Yo fui quien rompió eso. Ahora ves una final y la media son 23 o 24 años: antes eso era imposible.
¿Hay mucho machismo?
No exactamente, es más bien al revés. Las jueces son casi todo mujeres y hay muy poca solidaridad con los chicos de rítmica, que los hay y yo los defiendo en el cuento. Rubén Orihuela es un referente. Estamos luchando para la igualdad de los chicos. A nivel internacional la masculina no está considerada, pero en España sí, pero ha habido una polémica y les querían quitar su competición, aunque parece que seguirá. Yo remo muy a favor de la igualdad.
Cuéntame cómo viviste el momento corazón al retirarte en Pekín…
Fueron dos momentos. El día anterior besé el tapiz al clasificarme por los pelos: en el deporte también hay mucha política y casi consiguen meter a la china en la final, pero al final entré yo. Pensé que ahí acababa mi vida deportiva y que el tapiz me lo había dado todo: he llorado, he reído y lo que soy me lo ha dado él. Lo besé despidiéndome como cuando dices adiós a alguien importante. Recuerdo que no podía ni hablar ese día de lo que lloraba. Se me revolvió todo: era como cuando dejas a un novio a quien lo has dado todo y has querido con el alma pero con el que sabes que ya no va a funcionar. Tienes que dejarlo y no quieres, fue horrible: te abandono yo a tí, no tú a mí. Y dejar es más jodido de elaborar que cuando el otro te deja.
¿Y el corazón de la final?
Me salió solo.
¿No fue premeditado?
No, lo pensé en el momento. Quise meter ahí a toda la gente que me había ayudado. Pensaba en mi entrenadora, que acababa de dar a luz y no pudo viajar conmigo, y al final tuve que hacerlo con la seleccionadora, con quien en su momento había tenido unas movidas terribles… Sentía que estaba sola, pero muy acompañada en la distancia por el cariño de toda mi gente. Aún hoy no puedo ver esos vídeos… me remueve un montón [se emociona]. Fue demasiado bonito.
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Las niñas lo recuerdan, ¿no?
Todo. Lo que yo trato en estos cuentos no es en ser la mejor, sino en ser diferente. Lo que a mí me hizo diferente no fue ser la mejor, sino abrir un camino que no había hecho nadie. Ahora todas las gimnastas se despiden besando el tapiz… y cuando lo veo me siento orgullosa. De hecho Olympia empieza haciendo un corazón con vaho. Y se retiran más tarde, como hemos hablado. Olympia tiene muchas cosas de mí… como verse como un patito feo.
¿Te ves así?
Durante mucho tiempo sí. Era muy flexible y creía que eso era algo raro. Recuerdo de hecho que durante mucho tiempo intentaba que la gente de mi clase no me viese doblarme en la clase de educación física. No entendía que lo distinto luego iba a ser una virtud.
Han visto la luz dos cuentos, ¿cuántos más habrá?
En principio cinco… Tengo que decidir hasta cuándo queremos que crezca, porque hay mucho que contar hasta que yo sufro el cambio físico a los 20 años. Sufro y agradezco, que conste.
¿Qué cambio fue ese?
De los 18 a los 20. La edad crítica para las gimnastas, donde el cuerpo se hincha. Me gustaría contar que son dos o tres años en los que una tiene que entenderse. El cuerpo cambia, tu eje, tu forma de pensar, maduras, tienes que tener un físico determinado pero es imposible porque te sale el pecho y el culo, todos entienden que has engordado y no que estás cambiando… te quieren retirar porque parece que estás fuera de forma y es solo un proceso de cambio. Es muy duro y quiero explicárselo a las niñas como me hubiese gustado que alguien me lo contase a mí.
¿Y luego vuelves otra vez a tu cuerpo?
Sí, luego el cuerpo se vuelve a deshinchar y a coger sus proporciones. Nos pasa a todos, lo verás si coges una foto tuya de esa edad. Pero las entrenadoras y los jueces no lo ven así. Le dan la vuelta y es el motivo para echarte.
¿Serás entrenadora?
No, eso seguro. Mi papel es más efectivo a través de los cuentos. Es otra energía.
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¿Entonces te reciclarás en actriz?
[Risas] Sí, me encanta y he estado estudiando para ello. Estoy a punto de empezar a rodar ‘Rabia’, en Telecinco. Mi papel es el de la científica que viene a estudiar el virus. Cuando voy a un casting me ayuda un montón el deporte: la constancia, el trabajo en equipo, sacar las uñas para defender tu personaje… aunque tengo que cerrar mi etapa con la gimnasia y lo voy a hacer sacando afuera estos cuentos. Se lo debo a la gimnasia, no puedo quedármelo para mí. Hay muchas anécdotas que desde mi perspectiva de ahora pueden ayudar mucho a las niñas.
¿Vas a abordar el tema de los problemas alimenticios?
El tercer cuento empieza precisamente con una obsesión por el chocolate y las galletas que yo aprendí de las mayores. Escondíamos la comida. Parecía un juego, pero no lo era. He hablado con una antigua entrenadora que ahora es psicóloga para abordarlo bien. La comida acaba siendo una obsesión porque nadie se ha preocupado por dar nociones de nutrición y qué cosas te pueden pasar con una mala alimentación. Yo podía comer lo que me daba la gana que no engordaba, pero otras compañeras tuvieron problemas. Es verdad que solo he visto dos casos en veintitantos años de profesión, pocos para los que hay fuera de la gimnasia, porque no tiene que ver con la comida en sí, sino con el perfeccionismo y con no asumir el miedo a no conseguir algo que quieres mucho. De hecho, algunos padres preferían que su hija estuviese en el equipo nacional a que su hija estuviera sana. Y eso no puede ser: ¡llévatela si ves que hace cosas raras con la comida! No todo en la vida es ser un Messi o Ronaldo.
¿Chistian Gálvez, tu chico, fue el primero al que se lo diste a leer?
Sí, desde el principio me apoyó mucho y me dijo que era súper bonito. Se ha reído mucho.

Muchas anécdotas se las habrías contado ya…
Más o menos, pero él llegó al final de mi carrera, en lo más bonito. No ha vivido lo duro que son los comienzos y el esfuerzo y el sacrificio que conlleva competir a niveles altos desde bien joven. Que conste que lo elegimos y que no me arrepiento de nada. A los padres les diría que escuchen a sus hijas. Ellas dirán ‘quiero seguir’ o ‘sácame de aquí’. Si vuelve es porque el deporte le da algo que resulta muy gratificante.
Hay muchos tópicos en torno a la gimnasia, ¿ha cambiado ese universo?
En general casi todos vienen del este, de las rusas, y es verdad que aquella época fue muy dura para las gimnastas. Ahora se presta más atención a la alimentación, a la nutrición, hay apoyo psicológico… Aún existen entrenadoras que son para tirarse de los pelos, pero todo ha mejorado mucho en ese sentido.
¿Y el placer dónde queda? ¿Hay también un cambio de pedagogía?
Es difícil eso, la verdad. Yo por ejemplo era una chica que cuando entraba al entrenamiento me transformaba. Fuera me reía y dentro me ponía muy seria y no paraba hasta que todo salía como yo quería y si la entrenadora hacía una broma para sacarme una sonrisa yo igual le respondía que no me hacía gracia. Es un trabajo y no me hacía gracia lanzar y cagarla. Intenté disfrutar más al final de mi carrera… y creo que lo fui consiguiendo. Eso intento cambiarlo en los cuentos: dejar claro que porque te permitas disfrutar y tener alegría no quiere decir que el rendimiento baje. La vida es también poder disfrutarla… y eso tienen que tenerlo claro las niñas.