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Be water

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Observo el Cantábrico, con sus acantilados y el batir de unas aguas en perenne danza, y de inmediato imagino el invierno. Una imagen o una idea siempre nos lleva a otra. Normal. No obstante cuando giran como espirales en bucle en torno al mismo maldito pensamiento estamos perdidos.
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Cierto que concentrarse en el aquí y ahora resulta más fácil admirando este mar que te sorprende en cada ola que no esas otras bañeras donde no se mueve más que la brisa, pero siento que debo de imponerme a una mente que no para quieta. No es sencillo centrar tu atención en un momento, un objeto, un paisaje, el achís de un niño o un picor en el pie, sin embargo, y aunque ande estos días de viaje en viaje, lo he logrado: por unos minutos me paro, lo admiro, y mando a la mierda el nudo de problemas en que andamos, practicando un mindfullness de andar por casa cien por cien recomendable.
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Los pensamientos negativos actúan como la carcoma, van royendo en silencio hasta que una vez ocupada tu cabeza dan el salto a alguna de tus vísceras y desde ahí amenazan con el derrumbe de la misma. ¿Nos arruinan y, por tanto, envejecen? Estoy convencida. Tanto que siempre que me echo un médico a la cara le suelto eso de “Si somos lo que comemos, ¿verdad que también lo que sentimos?”. Algunos me dan la razón y otros me miran con cara de “estos de los medios se creen más listos que nadie”. En realidad lo que somos es unos sufridos. Como tú, claro está.
Ojo que el sufrimiento es adictivo. No conozco a nadie que lo desee, mas la percepción de lo negativo gana en intensidad a los acontecimientos positivos; como si nos diera apuro mostrar alegría cuando las cosas van bien, en cambio el lamento nos hermanara con los demás en el padecer. Una vez un alcalde que llegó a ministro (menudo calvario el suyo) me dijo que para no sufrir las envidias había que trasmitir la sensación de que nunca conseguías lo que te proponías. Vamos, que en apariencia eras un fracasado aunque por dentro te agitara el orgullo. Él, como Churchill, debía de pensar que los enemigos los localizaba detrás o en su misma bancada porque los de enfrente –el partido opuesto- solo eran adversarios. Qué coñazo la política.
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Volviendo a las ideas negativas, seguro que algun@ os identificaréis con una amiga que vive atenazada por el miedo a lo que le deparará el futuro: sufre por una separación que nunca se produce porque termina reconciliándose con su pareja o se zarandea ante el vértigo de no tener trabajo, aunque todavía no lo ha perdido. A veces sugiero que eche la vista hacia atrás y piense la de angustias que se habría ahorrado si se hubiese dejado fluir. No hay manera. Entonces abro el grifo y le obligo a estudiar el chorro de agua. Es ella. Pero en lugar de caer, pone el tapón a su vida y se queda quieta.
Nacer para morir y vuelta a empezar. Eso hace el agua, reinventándose a cada rato. De ella deberíamos aprender a sacar la rabia frente a los riscos y la calma para dejarnos mecer por la corriente.
De este viaje al Cantábrico, os cuento que he vuelto más pez que nunca.