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Nunca beses en la primera cita

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Tampoco deslices la mano más abajo de la espalda ni se te ocurra colarla rodillas arriba. Ni hables sobre esa retahíla de “ex” que te traen a mal traer y a los que no te atreves a borrar de Facebook porque te sacude el morbo de saber qué hacen y con quién salen. No aludas al dinero que ganas, ni al que se te escapa por el sumidero de Hacienda. Menos aún repases tus deudas, ni sondees sus ingresos. Jamás bebas o contarás lo que nunca hay que decir.
Estas son las reglas de oro que sugiere Verónica Alcanda en nuestra última charla. Ella se las traslada a sus clientes (alcandamatchmaking.com) y a mi me da la risa. Natural, no me creo que nadie las cumpla.
Sin embargo no dejan de tener su lógica porque mantener una reserva sobre nuestra intimidad, no ofrecer de una vez lo que somos, alimenta el grado de incertidumbre. Al final el cortejo de hombres y mujeres sugiere una liturgia que se repite como si fuésemos primates. Es trasversal. Machos y hembras reproducimos un juego ancestral; lo compartimos con independencia de la edad o de lo que hayamos  aprendido en cada tropiezo amoroso.

¡Que no lo llames amor, sino conquista! Vaaaale. Yo como cacahuetes –en plan hembra bonobo hambrienta- y Verónica me reprende. A continuación sigue hablándome del hombre cazador y de la mujer recolectora de afectos; del sexo que ofrecemos las mujeres para conseguir amor -¡¿todavía?!- y de esos rituales irrisorios por los que ellos van y nosotras venimos –“Finjo que me conquistas aunque tuve claro desde el principio que caerías”- hasta que suelto la pregunta del millón: “¿Por qué narices te necesitamos para que nos encuentres pareja?”.
Entérate: e-llos-se-han-vu-el-to-pe-re-zo-sos. Verónica sostiene que buscar pareja estable hipoteca tantísima energía masculina que prefieren ahorrarse el esfuerzo… Y ante semejante vaguería, ¿qué hacemos nosotras?, repregunto. ¡Ah! Te toca echar un vistazo al video porque la Celestina del siglo XXI nos lo aclara.
Después de una tarde de despellejar a ambos géneros desembarco en casa y entonces, para cenar, me como a mi chico a besos. A él le asombra mi ataque de amor pero más mi pregunta acerca de si nos besamos la primera vez. “¿En serio no te acuerdas?”. Pues claro que me acuerdo, pero no pienso decírselo a Verónica.