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Cuando quieres querer…

Quedo con Verónica Alcanda y de inmediato nos enredamos en debates que dan luz a un nuevo post y de paso a varios quebraderos de cabeza. Escuchándola pienso que debiera ser tan racional como ella, o tan lógica, aunque en realidad acarrea su equipaje de mujer romántica por más que la práctica le enmiende los finales felices. Ya sé que las películas románticas nos han almibarado las creencias pero qué dulces, ¿no creéis? No -suelta ella-. No solo no lo creo sino que te recomiendo no verlas. En lugar de eso toma lápiz, papel y escribe.
Hoy hablábamos de los plazos del enamoramiento, pues sabiéndolos caducos a mí me pierde sentirlos. ENGAÑOSO. Corrige mi amiga, y hala, se saca de la chistera una metodología patentada para que esa cosa que te frunce las tripas dure más: el Business Plan del Amor.
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Le confieso que cada vez que me ha tocado elaborar un plan de negocio he sufrido lo indecible. “Pues éste será el más importante de tu vida”. A continuación me explica cómo hay que regatear entre los dos la hoja de ruta del amor. ¿Hijos? ¿Dónde vivimos? ¿Consentimos tener sexo fuera de la pareja? Viajes, ¿juntos o separados? ¿Nos involucramos en la familia del otro? Cada cual conoce los apartados que prevé consensuar porque hay algún punto de fricción y en cuáles apenas habrá discusión.

Según Verónica este ejercicio se hace imprescindible en la medida en que cumplimos años y sumamos decepciones, puesto que cada relación fallida no solo deja el sabor de la amargura sino un saldo de divorcios, hijos, negocios o hipotecas compartidas. La ecuación parece nítida: Happy Birthday+Love Plan=Happy Aging.
La Teresa obediente escribe todo, tapa el rotulador y con su suspiro se pregunta dónde queda el romanticismo. A veces hay que querer como si fuese la primera vez. Con rabia. Sin pararte a pensar en quienes has dicho antes “te quiero”. O en quienes lo aseguraron el minuto anterior a odiarte, o se lo susurraron a él. A veces hay que querer como si fuese un prodigio. Admirándose ante ese interruptor que enciende constelaciones sobre la cabeza sin mover un dedo. Hay que dejarse arrollar por un tsunami cuando tú apenas ambicionas pasear por orillas en calma. Dejar pasar a esa novedad que ordena tu caos, que se cuela por un resquicio mal blindado de ti misma y desde allí va minando tu moral y tu resistencia.
Puede que dure poco, pero qué bendición de tripas revueltas y corazón a mil. No obstante, tendré cerca el lápiz y el papel. Por si acaso.
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