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No he visto 'La la Land', pero sí a una cerda cantar (y es lo más feminista en años)

rositadivinity.es
En efecto. Madre, 37. Las pelis que yo veo las protagonizan cerdos, ardillas, orangutanes o princesas animadas: los únicos estrenos a mi alcance son de dibujos y en sesión infantil. No he podido ir a ver 'La la land' amarrada a la cintura del hipster que merezco. Ni lo haré. A cambio he descubierto 'Canta': la película de dibujos animados con el mejor discurso sobre la mujer y la maternidad que he visto en mi vida (y eso contando con la muy respetable Vaiana y puede que con todas las películas familiares protagonizadas por mujeres). Vivan las cerdas.
Al grano: la cerdita de 'Canta' o el sentido de la libre maternidad
Una de las protas de Canta es una cerda, madre de 25 hijos y esposa de un cerdo para quien resulta tan invisible como para toda su prole. El motivo de su invisibilidad reside en la correcta realización de su rol de madre. Es tan responsable y perfecta para su familia como insulsa e invisible para todos ellos. Cada día despierta, peina, lava, consuela, besa, regaña, atiende, seca, responde y escucha a 25 cochinos y al cerdo de su  padre (es simbólicamente maravilloso que los niños y el marido sean cerdos).
¿Y qué hace esta madre? (Ojo, 'spoilers')
Este personaje automatiza el servicio de producción maternal y crea una máquina capaz de despertar, servir, fregar, lavar, colocar, recordar un par de cosas y realizar todos esos gestos automáticos, maquinales, imprescindibles y carentes de voluntad que realiza una madre todos y cada uno de los días de su vida SIN EXCEPCIÓN. ¿Qué sucede después? Que nadie, ninguno de sus 25 cerdos hijos ni su cerdo marido, se percatan de su ausencia.
¿Cómo puede ser? ¡Con todo lo que hace por ellos! Porque las madres tendemos dramáticamente a la invisibilidad por muy esforzadas y estupendas que seamos. En el caso de la cerda hasta el cuerpo se le ha quedado aburrido y anodino, casto y falta de gracia como sólo puede ser el cuerpo de una buena madre.
La madre invisible se viene arriba
El caso es que cerdita se borra del panorama familiar para cantar, para realizarse personalmente en una habilidad (el canto y el baile) donde ella se verá aparecer a sí misma, donde se encontrará con todo lo que en ella no es maquinal, con todo aquello que la dichosa maternidad ha borrado sigilosamente.
¿Y qué pasa entonces? (sí, lamentablemente este post contiene spoilers si tienes cinco años). Lo inevitable. Hace amigos nuevos, recupera su cuerpo y hasta cierta exuberancia y su familia, inevitablemente, la descubre, admira y  reconoce. Y se besan y todo eso. Moraleja: las buenas madres huyen de casa, abandonan a los suyos y delegan el trabajo sin culpa y con éxito. La cosa no acaba aquí. 
La erizo adolescente o el amor propio sobre el romántico
Pues sí. También tenemos una prota adolescente, rockerilla e inestable. Una eriza abandonada por un erizo más tonto y con menos talento que ella y, por supuesto, ella se derrumba por él. ¿Qué sucede? ¿Cambia al erizo? ¿Ella lo conquista con una canción? ¿Ella cae en sueño eterno y él la despierta con un beso? ¿Él era en realidad un erizo ogro y ella una eriza ogresa?

Nada de eso. Sucede que él se va con otra, tan guapa como nuestra eriza pero quizás un poco más tonta. Y ella compone un temazo, no de amor, sino de liberación del amor. Una oda adolescente al amor propio, si es que una puede ser adolescente y tenerse algún aprecio. En fin. Amo a esta eriza. Pero es que hay más.
La niña elefanta que no se atrevía a cantar (ni a triunfar)
Y por último: el personajazo. La elefanta niña que no se atreve a cantar en público, que tiene miedo de su don y de su éxito, que está paralizada, muerta de miedo. Ella no cantará en toda la película, no se encontrará con ningún elefante que le devuelva la confianza. Ni su padre ni su madre ni su maravilloso abuelo serán capaces con todo su amor de concederle el coraje que hace falta para triunfar.
Tampoco encontrará confianza en su interior ni en sus amigos. Ella se mantiene cobarde hasta el final. Y sólo final, cuando todo se va a la mierda, cuando se derrumba (literalmente) el teatro donde iban a actuar, sólo entonces canta completamente sola sobre las ruinas casi griegas de ese teatro americano. Sobre su fracaso y sin público, canta. Y sobre su fracaso se construye.
Cómo levantarse de un fracaso
Y sobre la asunción de todas las derrotas germina una pequeña, minúscula, posibilidad. La elefanta no canta cualquier cosa. Canta el Aleluya de Leonard Cohen. La canción de amor que unió para siempre a Shrek y a Fiona en la voz de Rufus Wainwright. Ese 'broken aleluya' que debemos aceptar para entregarnos a otro (también a nosotros mismos) en cuerpo y alma.
Y dios mío. Ese momento es tan bueno, tan narrativamente perfecto, tan clásico, tan especial… Que estaría dispuesta a renunciar a La la Land por Canta de no ser por la lección de maternidad de la cerdita.
Fui con mis dos hijas. Qué alegría. Los discursos internos, las narrativas silenciosas sobre las niñas y las mujeres van mejorando.