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Adiós, Matute: la potente reina Gudú

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Todo el mundo la identifica con una abuelita fantasiosa, aunque no tuviese nietos y su fantasía no fuese más que el recurso de una mujer fuerte contra el dolor. Y eso la hartaba un poco. La orgullosa premio Cervantes (famosa es ya la frase del discurso "el que no inventa, no vive"), ha fallecido a los 89 años con el boli en la mano y rodeada de su hijo único, Juan Pablo. Repasamos las claves de esta escritora que se enamoró y salió mal, se casó con otro y se divorció, viajó a Estados Unidos y se emborrachó con los intelectuales en tascas de barrio cuando casi nadie lo hacía.

Detrás de ancianita, hay una mujer fuerte
Conservaba su muñeca favorita de cría. De acuerdo. Había construido una casa en el jardín para los duendes. De acuerdo. Los niños protagonizaban muchos de sus cuentos. De acuerdo. Pero Ana María Matute no solo era una abuelita fantasiosa y bondadosa. Fue una mujer fuerte, arrojada, presumida, irónica y rompedora desde antes de la veintena. Y hay que recordar que su juventud coincidió con el final de una guerra y el inicio de una dictadura.
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Vivió amores antes de casarse
Se casó con Ramón Eugenio de Goicoechea a los 27 años. Antes había vivido las noches largas de las tertulias y las resacas de los vinos malos y había tenido romances y se había enamorado hasta las cachas de alguien… "con quien no pudo ser" (Matute dixit). En las entrevistas a veces lo recordaba; el hecho, que no la persona, para hablar de su boda por todo lo alto (1952) con Goicoechea, de quien dice que se enamoró “poco a poco”.
Pionera en separarse
Nueve años después, Matute tomó la decisión de separarse. Pero no solo eso: en 1963, las leyes franquistas daban la custodia al padre y tardó más de dos años en recuperar a su Juan Pablo, que ya tenía diez años. Durante ese tiempo, solo pudo verle los sábados. Y no faltó uno. Fue una época dura para ella, mucho. Se fue con él a Estados Unidos después, algo que tampoco era común, y allí trabajó en varias universidades (Oklahoma , Indiana, Boston…) como lectora.
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La burguesa atrevida
Este arrojo lo tuvo desde la adolescencia. Pertenecía a la burguesía de provincias (su padre tenía una fábrica de paragüas) pero desde bien joven, la cabra tiró a la boheme más que a las fiestas de etiqueta. Las tertulias, los vasitos de vino, los libros ilegales pasados de mano en mano y las madrugadas más largas de lo que el decoro aconsejaba.
Sus frases, que son lemas
-"El que no inventa, no vive"
-"Las palabras nos salvan"
-"La Literatura ha sido, y es, el faro salvador de muchas de mis tormentas"
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Extra: El niño que no sabía jugar, del libro 'Los Niños Tontos', un cuento con luz y la oscuridad:
Había un niño que no sabía jugar. La madre le miraba desde la ventana ir y venir por los caminillos de tierra, con las manos quietas, como caídas a los dos lados del cuerpo. Al niño, los juguetes de colores chillones, la pelota, tan redonda, y los camiones, con sus ruedecillas, no le gustaban. Los miraba, los tocaba, y luego se iba al jardín, a la tierra sin techo, con sus manitas, pálidas y no muy limpias, pendientes junto al cuerpo como dos extrañas campanillas mudas.
La madre miraba inquieta al niño, que iba y venía con una sombra entre los ojos. "Si al niño le gustara jugar yo no tendría frío mirándole ir y venir". Pero el padre decía, con alegría: "No sabe jugar, no es un niño corriente. Es un niño que piensa". Un día la madre se abrigó y siguió al niño, bajo la lluvia, escondiéndose entre los árboles.
Cuando el niño llegó al borde del estanque, se agachó, buscó grillitos, gusanos, crías de rana y lombrices. Iba metiéndolos en una caja. Luego, se sentó en el suelo, y uno a uno los sacaba. Con sus uñitas sucias, casi negras, hacía un leve ruidito, ¡crac!, y les segaba la cabeza.