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Diez puntos en contra y uno a favor de 'vacacionear' de cala en cala con tu barco

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Nadie se atreve a decirlo, pero detrás de las imágenes idílicas de gente (famosos) disfrutando del verano en su yate, palpita una verdad: no es oro todo lo que reluce. Va en serio. Tras las estampas místicas de sol, mar y exclusividad, también hay inconvenientes. Y muy concretos. ¿Alguien se ha acordado de enfriar las cervezas? ¿Y esa medusa? ¿Dónde pongo la toalla para no torrarme? ¿Y el yate, de verdad no hay hueco en esta cala? Lanzamos el anzuelo a la verdad de los hechos.

1. No es fácil llegar al barco en sí
Empecemos por el principio. Para poder, quizá, disfrutar de un barco, hay que estar ya sobre su cubierta. O te coges una lanchita de transición con tus amigos, sentados todos en los bordes con las mochilas y los bolsos de mimbre y demás equipaje playero (lo colocarás entre tus piernas o sobre tu regazo cuando se moje, o las dos cosas alternativamente, como en una mudanza difícil); o te pones a andar por caminos no siempre llanos con los mismos aperos, hasta un lugar en el que poder acceder directamente a la escalerilla. Algunos, no tantos, salen de puerto.
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2. El tamaño importa
No es lo mismo un barquito de recreo que un yate, ni un hidropedal que una carraca –de carga-, ni una golondrina –embarcación turística- que un catamarán. No es por ponernos técnicos, pero a la hora de disfrutar, el tamaño importa (en el punto medio está la virtud). Sobre todo en puntos muy logísticos, como el 4 y el 5.
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3. Los otros
Pasa mucho. En especial en playas tipo Ses Illetes, de Formentera. O Cala Bassa, en Ibiza. Todos queremos ese azul y estar solos, al mismo tiempo que conocer cómo son las calas de las que los vips hablan. ¿Resultado? No puedes dejar volar tu vista en pos del horizonte: siempre habrá un 'sky line' de otras embarcaciones 'aparcadas' en batería. A poco que te descuides, el mar estará enladrillado. Si además eres un personaje conocido, puede ser el delirio: el paparazzi quizá no te busque a ti, pero estás pidiendo a gritos un robado.
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4. A uno que no tenga toillet…
Este punto conecta con el anterior. Y es un problema. Que se lo digan a Paulina. No todos los barcos tienen el mismo sistema de retención/depuración/excreción de líquidos y demás desechos humanos. Y eso hay que tenerlo en cuenta, que todo va al mismo sitio y se sale de buena mañana y se vuelve con el atardecer. Con que uno solo de tus vecinos de cala esté haciendo el mal...
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5. ¿Te has acordado de poner a enfriar las cervezas?
Óbviese este punto para las excursiones de súper lujo, que no son tantas. En ese barco de, pongamos, 10 metros de eslora en el que surcas el mar con tus amigos, no suele haber nadie que se encargue de las cosas aparte de ti mismo. Así que hazlo. O acuérdate de encargárselo a alguien. Lo que sea, pero que revolotee fuerte entre tus prioridades antes de hacerte a la mar. Una vez estés navegando no tendrás nada fresco ni rico ni del estanco que no te hayas acordado de conseguir previamente.
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6. Leer es sexy
Son muchas horas de ocio que llenar. Y no hay chiringuito. Esto, que no tendría por qué ser un problema, a veces lo es. No es tan raro, en serio, sobre todo si acabas de comenzar las vacaciones y tienes inoculado aún el ritmo laboral. No permitas que el aburrimiento te pille descuidado en alta mar. Mete en tu mochila revistas o un libro (o las dos cosas) que te acompañen ensoñadoramente en tus horas al sol. También vale música, claro.
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7. Mal de tierra
El oído interno. Ese trocito traicionero y feroz. Primero tendrás que convencerle para no marearte en alta mar y, luego, en tierra, para que el suelo firme no se tambalee. El ‘mal de tierra’ existe y puede complicarte la cena al volver a puerto.
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8. Hay gente torpe
Si tienes tendencia a los hematomas, probablemente te lleves algún recuerdo a casa. Entre los amigos que te acompañan seguro que también se repiten algún que otro: A. Resbalón. B. Pérdida de equilibrio sobre ti. B. Golpe en la espinilla y muslo al subirse de nuevo al barco.
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9. Y si hay medusas, ¿qué hago?
Si ya es difícil esquivar a los seres gelatinosos y algas en la orilla, imagínate donde cubre. Porque ese es otro tema: en barco no hay 'paseo-refresco-moja-pies' ni punto medio posible: o estás a la solana en cubierta o te lanzas con más o menos estilo a nadar. Algunas embaracaciones tienen ducha exterior, que no deja de ser una cutrez snob. ¿Para qué navegas si no vas a tocar el mar? En este sentido, recuerda que no existe la posibilidad de poner la sombrilla donde mejor te venga. Y el cuero, la madera y el yahis -material sintético- de la cubierta acaban por quemar. La sombra será el nuevo oro gris.
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10. ¿Quién es el capitán?
Asegúrate de que tienes el cetro. Si una cala no te acaba de convencer, si tienes el capricho de ver qué hay más allá del siguiente recodo, si os falta de visitar justo la playa buena... Existe mucha casuística en una jornada completa de navegación, sobre todo si te acompaña un grupo de compadres demasiado numeroso. Recuerda, el timón -o ser quien paga al capitán- es poder.
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11. Por fin, el punto positivo
Con todo, hay esperanza. Si resuelves con elegante liviandad al menos nueve de puntos anteriores -diez es casi imposible-, podrás ser un ser humano muy feliz, tanto en popa como proa. Incluso a babor y estribor, lugares muy buenos también para entregarte a los placeres dionisíacos y el encuentro con las musas. De nada.
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