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Aprender de Michelle

La primera dama de EEUU parece tener cada vez más energía mientras que a Obama siguen saliéndole canas. Analizamos la imagen de Michelle a raíz de su última foto.
¿Quién es el verdadero autor de una foto? Una pregunta que en ocasiones tiene difícil respuesta. Sí, ya sabemos que el fotógrafo es siempre el ejecutor, el que encuadra, ajusta su cámara y finalmente dispara. Pero cualquier profesional sabe de sobra que algunas celebrities, o sus asesores de imagen, ponen en bandeja ciertas escenas ante las que sólo cabe hacer lo que decía el famoso lema de Kodak: "Apriete el botón, que nosotros hacemos el resto". Ante esos personajes después de disparar unas ráfagas sólo podemos seleccionar la mejor toma de la tarjeta de memoria. Aburridísimo.
Ese trabajo mecánico no gusta a los reporteros, sobre todo a los más veteranos, que acaban hasta el gorro de esos posados fingidos por sentirse usados como muñecos de feria. Sin embargo, en ocasiones es difícil discernir si un famoso actúa espontáneamente o no en ciertas fotos. Precisamente nos hemos encontramos con una imagen de Michelle Obama en la que la vemos saltar a la comba como una niña. ¿Había calculado de antemano ese numerito? Hacemos un repaso a algunas de sus últimas fotos para intentar adivinarlo.
Mucho se ha escrito y se escribirá de Michelle, que ha roto moldes y ha logrado hacer olvidar en parte el recuerdo de Jackie Kennedy, la gran referente de todas las primeras damas del mundo. Para entender la gran expectación que suelen levantar los actos que protagoniza hay que pensar que, antes que nada, es una auténtica curranta. Eso le da una gran seguridad a la hora de plantarse frente a las cámaras, pues no proyecta una imagen de "señora de", ni de estar hipotecada por la suerte, aunque su estilo tampoco es el de ir por libre. Como prueban todas esas fotos en las que aparece como esposa enamorada y madraza de sus hijas.
Acción en estado puro
Michelle es pura acción y eso es genial para un fotógrafo. Gracias a esa actitud los reporteros saben que cubrir un acto oficial suyo no tiene porque ser aburrido, sino más bien todo lo contrario. Protagonizar imágenes como las que mostramos en el presente artículo tiene mérito teniendo en cuenta su cargo. De hecho, ella es la que mantiene viva la imagen del cambio en la pareja. Su marido, como era previsible, cada vez peina más canas.
¿Todo esa energía que despliega frente a las cámaras responde a una estrategia? Seguramente sí. Al fin y al cabo detrás de ella hay un potente equipo de asesores de imagen. Y además ella es consciente de que muchos electores no votaron sólo a su marido, votaron a los dos. De su imagen depende mucho la fortaleza de la del Presidente, como antes dependió la fortaleza de la imagen candidato. Frente a él nos encontrábamos a a una Hillary que tuvo que soportar el engaño de Bill con una becaria y a un McCain del que nadie recuerda el rostro de su esposa. Todo eso por no hablar de una Sarah Palin a la que muchos acusaban de manipular a su familia.
Pero más allá de que Michelle tenga en cuenta la imagen que proyecta, y la cultive, dudamos que esté obsesionada con las cámaras. Principalmente porque ella tiene una fuerte personalidad, y eso hace que no viva presa de la interpretación. El resultado de todo esto es que los fotógrafos la aman, y ella los recompensa con un cocktail servido con escenas geniales, grandes dosis de espontaneidad (que seguro que dan quebraderos de cabeza a los chicos de la Casa Blanca) y mucha seguridad en sí misma.
Michelle se nos antoja por tanto como la modelo perfecta para un fotógrafo de prensa. Cultiva su imagen sin caer en la obsesivo, por lo que se hace respetar, y siempre deja un margen para la sorpresa, demostrando que lo suyo no es cartón piedra. Total, que disfruta y los chicos de las cámaras con ella. Dentro de los muros de la política y fuera de ellos muchos deberían tomar nota.