Santi Millán, un papá tan perfecto como si lo hubiera diseñado su suegra

divinity.es 23/08/2012 01:40

Aseguran al menos dos revistas del corazón que Santi Millán, el protagonista de 'Frágiles', se considera un “padre profesional”. Sería difícil establecer el manual de un padre perfecto, pero sin duda alguna las cualidades personales de este actor no andan muy lejos del ideal que trazarían nueve de cada diez suegras: ni bebe ni fuma, está enamorado de su mujer hasta atrás, es monógamo, le chifla el olor de los bebés, es deportista, es solidario y encima posee todo el glamour y poso cultural de un actor bregado en el teatro que ha dado el salto a la televisión y al cine, aunque quizá sea más fácil recordarle por sus monólogos, cara a cara con el público, sin trampa ni cartón.

En sus fotos veraniegas le hemos visto mimar a sus churumbeles Marc y Ruth (de 6 y 4 años) en escenas muy tiernas. Jugar con ellos, chapotear, pescar con un retel… Luego las escenas de pareja joven con su mujer, la productora de televisión Rosa Olucha, parece que se las guardan para lugares más reservados. A juzgar por lo visto en los archivos fotográficos de las agencias, ella hace topless cuando no están los críos de por medio. Generalmente, en barcos de amigos. Ahí, hasta se le ha fotografiado a Santi ‘haciendo calvos’ en la borda. Muy posiblemente, al compañero fotoperiodista que firma las instantáneas.

Nada que no que quede dentro del gremio. Santi y Rosa se conocieron trabajando en los pasillos de la televisión, entre focos, guiones y salas de maquillaje. Fue en la cadena TV3, en ‘A pelo’, un programa del Terrat, donde ella era la productora. También se ha encargado de galas de los Goya, donde luego tenía que bajar a la alfombra roja para calzarse estilismos a prueba de plumillas de moda para acompañar a su pareja, actor invitado. VIPS, por supuesto. Y en la actualidad, directora del reality revelación, 'Alaska y Mario'.

Son una pareja de larga duración. A eso ayuda que él presuma de estar enamorado del amor. Aunque en Sevilla Press dijo que para creer en el aludido sentimiento no es necesario casarse, sí que considera que éste es “una de las cosas más serias de esta vida”. Algo que “nos mueve, nos hace estar vivos (…) necesitamos tocarnos, que nos abracen, que nos pregunten si estamos bien (…) la carencia de amor te hace infeliz seguro”, aseguró.

En otras ocasiones ha ido más lejos. En la revista Godot directamente sentenció que quien no ama “enloquece” y que “alguien sin amor, es alguien enfermo”. Y más y más lejos en Madridiario, donde teorizó en plan apocalíptico: “Yo creo que la carencia de amor te lleva a la muerte. Lo que a las personas les hace tirar para adelante es el amor. Todo lo demás son cosas accesorias”.

Todo esto pese a que sus amigos, como José Corbacho, advierten a los periodistas de que Santi no tiene nada que ver con los personajes que interpreta, que es monógamo sin fisuras, el actor considera, en cualquier caso, que el verdadero amor no tiene nada que ver con la fidelidad. Por lo pronto, en un cuestionario de El País no pudo elegir un libro porque le gustaban muchos “como las mujeres” añadió.

Y si alguna quiere osar irrumpir en su relación de más de diez años, que tome nota. En La Vanguardia trazó el perfil de su chica ideal: ”Me gustan las mujeres que son bastante sexuales y tienen clase. Creo que el tacón es una prenda muy importante. Una tía puede estar muy buena, pero, dependiendo del calzado que lleve, dices: “¡Pues no!”

De todas formas, no hay que fiarse mucho de Corbacho. También dice que Santi no bebe y, entre las imágenes que cuelga en Twitter sufriendo en el desafío de ‘Imparables’, un espacio en el que recorre las rutas más duras del mundo de Mountain Bike, te encuentras de repente un mojito, casi como un objeto de veneración. Y hay que fiarse de Santi en las redes sociales. Dice que ni por asomo contrataría un comunity manager, todos sus tuits son para él una cuestión “muy personal”. O sea, que su perfil no tiene trampa.

Porque él insiste e insiste en que ahora que es bueno toda la gente se piensa que es malo. Sí fue travieso de joven, como reconoce en alguna entrevista, pero en la edad del pavo, de niño, fue pacífico y, como él dice, “rechonchón”. No obstante, eso no le impidió sentir atracción por el teatro, aunque en un inicio habría querido ser médico. No por nada, sólo por ayudar a la gente. Ambición que ahora satisface, dice, haciendo reír.

Pero lo cierto es que respiró el teatro desde niño. Dice que es algo habitual en Cataluña y, por eso, cuando tuvo que decidir qué hacer con su vida, 'exhibiendo' unas notas con aprobados, pero más bien mediocres, sus padres no se asustaron mucho de que quisiera ser actor. Aunque tuvo que currárselo. Pagó sus cursos de teatro con su propio trabajo, en un matadero, porque a sus padres, trabajadores andaluces en Barcelona, no les sobraba el dinero. Como Dios no le llamó por el camino de una carrera de siete años, según explica, se dijeron: “Bueno, pues que se haga artista”.

Ahora su carrera como actor está disparada. No le faltan ofertas, si bien considera que en el gremio existe demasiado amiguismo, familiares que se llaman unos a otros, y que es algo que se debería evitar. Pero que, en un contexto profesional fuera de la esfera de la empresa como es éste, resulta extraño que alguien que se juegue su poco dinero para hacer una representación o llevar a cabo un costoso proyecto no termine confiando en gente de su entorno. Así lo ve él, al menos, con sinceridad, cuando cuenta lo bien que se lo ha pasado toda la vida trabajando en lo que le gusta, porque donde otros tienen compañeros de trabajo, él ha tenido siempre algo más. Con sus palabras: “Éramos un grupo de amigos que hacíamos un programa en el que nos lo pasábamos muy bien”, en referencia a sus años con Buenafuente.

Como actor vocacional, que considera que el teatro lo ha “mamado” desde pequeño, actualmente le pica el gusanillo de hacer películas que puedan ver sus hijos. Es algo inevitable, reconoce, querer que puedan ver, entender y disfrutar lo que hace su padre.

Sin embargo, tampoco parece algo que le quite el sueño. No se le percibe como alguien estresado, precisamente. Admite que lo que más le gusta es “tocarse los huevos mucho”. Y encima detesta madrugar. A Divinity, en nuestro cuestionario, se lo detalló diciendo, textualmente, que lo que pasa es que es “muy perro”. Y esas horas perrunas las pasa entre cine documental y la música de grupos como U2, Coldplay o Morrisey. Son los gustos más reseñables, aparte de llenar el gaznate las delicias de la gastronomía catalana, de un hombre que aconseja a la concurrencia que si algo no te llena, lo mejor es que lo dejes. El lema de un hombre, certificado queda, feliz.