Lala y yo

divinity.es 06/07/2015 11:26

Esta es la foto de una despedida. La última imagen. La que resume el vínculo entre las dos. Es un gracias por estos años. Un hasta pronto. Un amor sin nombres. Un no concibo nada más bello que tú. Incluso vieja me resultas la perra más hermosa del mundo.

Hay manos que parecen pezuñas y patas de las que no te soltarías nunca. Las suyas lo eran. Si no os hubiera hablado de ella en mi primer post quizá hubiera confinado su muerte en el capítulo de las cosas que no se cuentan, pero debía explicaros que Lala pasó ayer del Happy Aging al Happy AgingHappy Ending

Alegre, curiosa, independiente, leal, seductora, noble. Si sumo más adjetivos voy a caer en la sensiblería, por ello busco en el diccionario algo que defina con precisión el afecto entre los amos y sus mascotas. No lo encuentro. Solo acierta en lo de animal de “compañía” porque ese es un sustantivo inmenso que, no obstante, tendemos a menospreciar por la rutina. “Me hace compañía”, decimos como si acompañar fuese algo baladí.

Cierro el libro de la RAE y me observó por dentro. Apuntalándome. Encuentro un agujero por el que se cuela un puño. Detrás el brazo y yo entera. Lala se esfuma y yo me quedó buscándola. ¿Dónde están tus besos con lengua y tus ladridos de buenos días? ¿Dónde la manta blanca de tu lomo en la cual hundir los dedos? Hay un afecto de siglos comprimido en quince años juntas; más tiempo que el compartido con cualquiera de mis parejas lo que no sé si habla mal de mí o de ellas. O del amor, volátil como una pluma.

Admito que me ha hecho mejor persona su “compañía”. Y no, ella no se ha parecido a su dueña. Yo me he ido asemejando a mi perra.

Juntas hemos crecido, madurado, envejecido. Subido y bajado escaleras siendo más difícil esto porque el estímulo de la cumbre te espolea en el ascenso, en cambio el descenso aviva un vértigo mortal. Hemos viajado “On the road again”, nos hemos bañado en el mar, hemos pateado colinas y recorrido mil campos –siempre son pocos-; Lala ha soportado mi falta de atención mientras urdía cada uno de mis libros y yo he tolerado que mis hombres se enamoraban de ella antes que de mi. Malamente ha arrastrado el peso de la edad hasta que yo pudiera terminar mi última novela porque así se lo pedí. “Aguanta. El dolor de decirte adiós no me va a dejar escribir”. Y al final se ha marchado en fin de semana para molestar lo justo.

Muchas veces he ideado cómo me sentiría el día después. ¿Le dedicaría un artículo o lo rumiaría en silencio? ¿Me metería en la cama a llorar a moco tendido? ¿Vería “Los Puentes de Madison” para rematar la faena? Nunca sucede como lo planeas. Además enciendes la tele y Tele 5 emite “Una pareja de tres”. El cosmos se confabula para que medio país llore contigo.

Sin embargo diré que acompañarla con ese abrazo interminable me ha dejado, junto al vacío, también una paz extraña. Necesitaba tomarla de la pata y guiar sus últimos pasos. Se lo debía a su generoso amor. No desearía escribir un panegírico pero sí trasladaros que si nunca habéis tenido un perro os estáis perdiendo una parte formidable del aprendizaje de vivir.

Como muestra os contaré una anécdota; durante años me obsesioné con la idea de que gestara para poder tener un cachorro suyo, pero por más la cruzara con sementales de su raza fue imposible. Hasta que se enamoró. Lo hizo de un pastor alemán con quien anduvo en una orgía de cópulas todo un verano y el saldo de ese amor alumbró una camada rarísima, de pelos negros como la seda y orejas gachas. Los perros son más listos que el hambre y ella hizo uso de su libertad para elegir al padre de sus cachorros. Bendita naturaleza.

Lo del Aging no hay quien lo pare: yo me arrugo y ella se marcha. Pero cómo me ha gustado pronunciar tu nombre durante quince años, Lala.