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Priscilla en vena para las penas

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Ver actuar a una 'drag qeen' es, por definición, asistir a la representación de una herida. La caricatura de una mujer ultra femenina representada por un hombre es un quiebro que se conjuga en la identidad del artista y en la del público.
El propio género, el espectáculo de 'drag queens', es en sí mismo carencial. El talento de las artistas ha sido tradicionalmente reducido a salas pequeñas, locales de copas, despedidas de soltera y todo tipo de espacios "menores" (del tipo cenas-espectáculo). Nunca una entrada que no fuera asociada a una consumición. Ni acomodadores ni butacas. Desde luego no en España. Al menos yo no lo he conocido hasta que ayer, medio por casualidad, acabé viendo  'Priscilla, reina del desierto', en el teatro Alcalá de Madrid. Decenas de drags atómicas soltando exabruptos en pleno barrio de Salamanca.
Es verdad que llega pelín tarde a Madrid. Esta obra fue transgresora en Broadway o Sidney (donde se estrenó en 2006) y puede que en 2016 el impacto no sea comparable a lo que supuso hace diez años... Con todo, se mantiene actual tanto por su repertorio inmortal (Madonna, Tina Turner, Gloria Gaynor, Pet Shop Boys, Pat Benatar, Cindy Lauper o Village People) como por los conflictos que aborda (identidad, homofobia y paternidad gay, penosamente actuales diez años después).
El guión es fiel a la tradición de antro: soez, simplista, delirante, mal hablado, cursi, corrosivo... Todo a la vez.  Un acierto en el sentido de que han mantenido hasta sus debilidades, fieles a la tradición y al lenguaje de arrabal.
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Lo maravilloso del musical es que, siendo leal en todo momento a la realidad de este 'género menor' (con homenaje al playback incluido) sea, además, una superproducción en toda regla. 200 pelucas, 500 trajes, 150 pares de zapatos, 220 cambios de vestuario y una orgía de creatividad escénica sin otra justificación que la propia fiesta. Drags que patalean con aletas amarillas de tacón, pantalones infinitos en 3D, mujeres colgadas a 18 metros de altura, hombres convertidos en pastel de nata, en koala, en canguro...
Personalmente estoy en deuda con el género desde que una 'drag queen' llamada Gorka (no recuerdo que tuviera otro nombre artístico) me salvara la vida en mi adolescencia. Aquella mujer con nombre de varón me consoló como ningún ansiolítico del mercado logrará jamás.
Actuaba todos los viernes a partir de las once de la noche en la sala Dragon (el único local de ambiente del Santander de mi juventud). Ver 'cantar' a ese hombre 'Será maravilloso viajar hasta Mallorca' con aquel vestido sesentero suponía para mí la liberación momentánea de mi tormento. Porque aquel tipo era una forma de empatía con alzas para mis problemas, puede que para los problemas de toda la sala.
Era evidente que a Gorka también le dolían sus cosas. Gorka era, como yo (como todos), un ser incompleto. Manifiestamente incompleto y capaz de vivir en la falta permanente. Creo que hay un tímido acto poético en las buenas 'drag qeens'. Esa respuesta absolutamente desmedida y exuberante a la carencia y a la ausencia, sean éstas las que fueren.
Las drags no son precisamente las reinas de las palabras (aunque tienen gracejo), tampoco son señoras de la carne (por más que inviertan en silicona) y, sin embargo, tienen "chin", tienen canto, tienen fuerza, siempre dispuestas a morir en el intento.
En fin. Que he visto espectádulos drags en distintos tugurios y esquinas del mundo (cada una tiene sus vicios). El último en Banghok (aporto testimonio gráfico) y puedo asegurar que Priscilla merece la pena. Para mí es el homenaje que Gorka se merece. Espero que se venga a verlo a Madrid.