Familia

Elena Benítez, familiar de adictos y experta en codependencia: "La imagen de mi hermano inyectándose cuando era niña"

Elena Benítez
Elena Benítez. Laura Soriano
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Elena Benítez es especialista en codependencia y adicciones, y ha coescrito, junto a Antonio José Molero, ‘La vida alrededor’, un libro que refleja a través de testimonios en primera persona la realidad más allá de la adicción: no solo afecta a quienes consumen drogas, sino también a quienes viven con ellos y a quienes los quieren, como le sucedió a Natalia Sánchez con Víctor Elías. En este contexto, conviene comenzar definiendo qué es la codependencia, y Elena, con la que hemos charlado, nos lo aclara: “Es una dependencia emocional hacia una persona que consume alguna droga o tiene una conducta adictiva”. Sabe de lo que habla: se formó en este campo porque lo ha vivido en primera persona. Su padre, su madre y, sobre todo, su hermano, fueron adictos a distintas sustancias.

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Una infancia marcada por la adicción de su hermano mayor

Elena Benítez es uruguaya y la menor de cuatro hermanos, además de la única chica. Allí, en los años 80, las drogas que más se consumían eran la marihuana y la cocaína. Su hermano se enganchó a ambas. La cocaína, además, no la esnifaba, sino que se la inyectaba, lo que abría un nuevo problema: el del potencial contagio del VIH, ya que era habitual compartir jeringuilla. Por otra parte, “para mantener el consumo, traficaba”. “Y menos mal que la heroína no llegó hasta allí, porque seguramente también se habría enganchado”. 

Hasta 1985, Uruguay vivió una dictadura, y al hermano de Elena “lo detenían constantemente”. El régimen represivo aún continuaba vigente, por lo que hablamos “de una época en la que la policía no solo te arrestaba, sino que te cortaba el pelo si lo llevabas largo, como él entonces… Era todo muy espectacular”. Pero la terapeuta recuerda cómo impactó aquella adicción en ella, porque aún era una niña: “Nos queríamos mucho, y yo sufría horrores”. El joven se drogaba en casa, delante de ella. “Tengo la imagen de mi hermano con la cuchara, inyectándose droga”, confiesa. 

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También se acuerda de cada vez que se lo llevaban preso, o de cuando desaparecía durante días “porque se marchaba a Paraguay a comprar la marihuana con la que traficaba. No había internet ni móviles, y mi padre se pasaba el día pegado a la radio para ver si lo mencionaban”. Aquello era, además de doloroso, un estigma. “Hablamos además de una época en la que a los presos los mencionaban en la radio con nombre y apellidos. Yo pasaba vergüenza al ir al colegio”.

Aunque su madre, comenta, reaccionó pronto y puso límites en el sentido de prohibirle consumir en casa, “ella también era una codependiente de manual y una adicta a psicofármacos como las benzodiacepinas, y mi padre era alcohólico”. Elena Benítez explica todas las derivadas de aquella situación familiar. “Fui una niña sumamente tímida, inhibida, traumatizada, con uno o ningún amigo, abandonada por mis padres, que vivían pendientes de lo que le pasaba a mi hermano”. 

Esa inhibición la acompañó durante gran parte de su infancia, “hasta que me cambiaron de colegio”, porque en el barrio y en el vecindario se convirtió en la niña con la que nadie quería estar. “A mis vecinos, por ejemplo, no los dejaban ir a mi casa. Y a pesar de que mi madre puso límites, el estigma permaneció”. Y añade: “Tengo un diario de cuando era pequeña en el que hablaba de mi sufrimiento cuando a mi hermano se lo llevaban preso”. 

Elena Benítez

Ser la menor en una familia en la que conviven varios adictos 

La primera vez que ingresaron a su hermano, Elena era una niña y él apenas tenía 18 o 19 años. Por suerte, fueron a dar a una de las primeras clínicas en las que se hacía terapia de apoyo a familiares de adictos, a lo que ella se dedica en la actualidad, y “por fin empecé a ponerle nombre a lo que yo pasaba en mi casa”. Pero también relata alguno de los traumas que le han quedado de aquella etapa: “Yo pasaba muchas horas con mi hermano y sus amigos, y vivía en una nube de marihuana constante. Hasta hace poco no he podido empezar a tolerar ese olor”, explica.

Aquella terapia y el activismo constante contra las diversas adicciones de su hermano comenzó a sanar a sus padres: su madre fue abandonando progresivamente las pastillas, y su padre dejó de beber. Sin embargo, esa idea de abandono seguía presente: sus progenitores habían pasado gran parte de su vida pendientes del hijo mayor. Llegó la adolescencia de Elena, y “empecé a necesitar un espacio propio: me sentía muy abandonada por mis padres y me fui a grupos de hijos de alcohólicos, donde pude hacer red. También pude hacer terapia individual”, explica. 

¿Qué pasó finalmente con su hermano? “Falleció”, recuerda, “pero ocurrió en un accidente de moto, después de llevar muchos años limpio. Pudo tener familia y dos hijos”, nos cuenta. “Dentro del dolor de que falleciera en un accidente, pudimos disfrutarlo años recuperado y ayudando a muchos compañeros de grupo”.

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Además de sus familiares, Elena Benítez nos cuenta que también ha tenido parejas con adicciones, pero aclara: “Yo he sido muy feliz con estas personas. Las dos parejas más importantes de mi vida han tenido problemas con mis adicciones, pero cuando han estado conmigo han sido muy funcionales”. Y pone el acento en abandonar el mito “de que los adictos son malas personas. Lo que ocurre es que si la adicción se mantiene en el tiempo, la relación termina deteriorándose porque la personalidad cambia. Para mí fue muy doloroso separarme de estas personas porque el motivo era el consumo, no la falta de amor. Yo rompí queriendo mucho a estas personas”. 

Señales que nos deben alertar de la codependencia

Como cuenta en su propia biografía, Benítez vivió una infancia “turbulenta”, donde el alcoholismo de su padre lo podía llevar “del cariño al mal humor” o incluso “a la violencia con mis hermanos”. Cada miembro de la familia había asumido “roles típicos de las familias disfuncionales”, donde ella, por ejemplo, “era la mascota”. Y ¿cómo sabemos que estamos desarrollando una relación de codependencia? La experta nos responde: “Cuando la persona se desconecta de sus necesidades y no las cubre: de cuidado, de descanso, de tiempo…”. Otro signo clave es “la obsesión con el otro, pensando que controlando sus rutinas o sus hábitos vas a cambiar algo de lo que pasa. Beníez explica que "el descuido del cuerpo, comer mal…, está muy presente en las relaciones codependientes. También las fibromialgias”.

Hoy, con años de experiencia en abordaje de relaciones codependientes, de tratar tanto con la persona adicta como con el familiar o pareja que sufre las consecuencias, sabe que no siempre se pueden reparar esas relaciones, pero también habla de la importancia de que el adicto tenga una red de apoyo. “Cuando existe esa red, hay más posibilidades de que la persona se recupere”.