Salud

Entrevista a Patricia Pérez: "De nada vale llorar ni lamentarse. Yo pensé en que Luis, se quede como se quede, sea feliz”

Patricia Pérez
Patricia Pérez. Cordon Press
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Hay una faceta de Patricia Pérez muy conocida: la de quien comenzó a triunfar en TV allá por los 90, primero en la TVG y después a nivel nacional, copresentando ‘El gran juego de la oca’; y luego hay 'otra Patricia', formada en naturopatía, medicina tradicional china y nutrición, con su propia línea de nutricosmética y sus cursos para aprender a alimentarse. Dentro de este campo lleva quince años en activo, tiene consulta propia y lo compagina con su trabajo en la televisión. Una y otra se funden, por encima de todo, en alguien que rezuma felicidad y unas enormes ganas de vivir. Puede parecer un tópico, pero hablamos de alguien que ha pasado por serios problemas de salud (estuvo a punto de morir cuando tenía 26 o 27 años) y que se ha enfrentado, después, al desafío de la meningitis criptocócica que padeció su marido, Luis Canut, y a las secuelas de la enfermedad. De todo esto hemos charlado con ella. Mientras charlábamos, Patricia estaba haciendo la compra. Este detalle, que parece nimio, es central en su vida, como vamos a comprobar. 

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Los primeros problemas de salud al llegar a Madrid

Conocida en TVG por copresentar ‘Luar’ junto a Xosé Ramón Gayoso, Patricia saltó a la TV nacional casi por casualidad. “Fui a hacer unas galas de ‘Inocente, inocente’. Ahí me conoce Emilio Aragón y su productora, y es cuando me contactaron para presentar ‘El gran juego de la oca”. Su ritmo de vida cambió por completo: media semana trabajaba a la máxima intensidad, y la otra media descansaba. Pero algo empezó a sucederle: “Salía de casa con una talla 36 y volvía con una 40; he tenido que entrar a una tienda y comprarme un pantalón”, explica. “Al principio lo achacaba a que mi ritmo de vida, que había sido más o menos normal en Galicia, en Madrid se convierte en ajetreo máximo”. Porque no es que de repente se alimentara fatal, ni mucho menos: “Nunca fui de comer dónuts ni a deshoras, tenía mis hábitos sanos porque así es como me crie”, reconoce.

Pero aquellos problemas se fueron agravando. “Pasaron los años y empezaron a dolerme las articulaciones, me hinchaba mucho de cara… En el médico no me decían nada, nunca le dieron más importancia”. Pero un día, en la calle, mientras se va comiendo una cracker que acaba de comprar, nota que algo va mal. Y se cae redonda al suelo: no recuerda nada más, porque despierta en el hospital. “Me rescata de la calle un taxista, Antonio Luján. Estoy viva de milagro”.

“No puedes comer sola”

En el hospital pasa dos días. Ha sufrido un shock anafiláctico masivo, una especie de envenenamiento. “Tuve pancreatitis, taquicardias… Salí de allí totalmente deformada”. Y recibió una seria advertencia, algo que lo cambiaría todo: “No puedes comer sola ni nada crudo”, le avisaron. “No comía sola ni un chicle”. No fue el único shock anafiláctico, aunque sí el más grave: tuvo tres más. Pero aquel episodio hizo que decidiera aprender más sobre su cuerpo, sobre cómo nutrirse, sobre cómo cuidarse. “Como hacía ‘El juego de la oca’ en esa época, eran tres días intensos, pero luego tenía tiempo libre para estudiar. Me encantan las plantas, la fitoterapia, la nutrición… Así que, en lugar de irme a estrenos o dedicarle mi tiempo a buscar un estilismo, como me gusta más la vida tranquila empecé a fijarme en alimentos aparentemente sanos que no lo son”. Más tarde conoció a Luis Canut, y ahí “empecé a estudiar naturopatía. Luego estudié nutrición. Tengo varios másteres. Luis es quien me animó a hacer de todo esto algo un poco más serio”. 

Comenzó a trabajar en un centro médico, donde estuvo tres años; pero luego se independizó y montó su propio centro. Lo que no esperaba era el éxito que, según me cuenta, funciona a través del boca a boca, aunque aparecer en el reality ‘Alaska y Mario’ le ayudó en visibilidad. “Me gusta más cuidar a la persona y hago lo que se llama medicina alternativa o integrativa”, comenta. Llegó a tener otra consulta en Valencia, “pero por la enfermedad de mi marido lo dejé”.

Una calva “del tamaño de la palma de mi mano”

Pero los problemas de salud de Patricia no terminan aquí. “Estábamos en el típico atasco de viernes de Madrid, porque íbamos a comer con unos amigos. De repente, me apoyo en la ventana, pongo mi mano en la parte occipital de la cabeza y de repente noto como una textura distinta. Le pregunté a Luis: ‘¿Qué tengo aquí?’. La expresión que se le quedó no se me olvidará en la vida”, recuerda. Luis le dijo: “Tienes una calva”. Pero no era cualquier cosa: “Me miro en el espejo retrovisor del coche y la calva era del tamaño de la palma de mi mano”. 

En los siguientes tres o cuatro meses se le cayó mucho pelo. Se ha llegado a hablar del 80% de su masa capilar. “Fue uno de los momentos más difíciles de mi vida”, explica. De hecho, Patricia era bien conocida por su melena densa y rizada. Y en ese contexto, cuando peor estaba, la eligieron para promocionar productos para el cabello. “Tenía toda la cabeza llena de calvas, ahí ya usaba un poco de postizo”, explica, y recuerda que en las fotos de aquel evento “se nota que no es mi pelo”. 

Su desesperación iba en aumento, no tanto por su aspecto que, reconoce, nunca le ha preocupado mucho, como por el hecho de que detrás de aquello había un problema de salud. “A mí la parte física no me importó demasiado, no me importa cómo me vean los demás. Me ponía pañuelos, muchas cosas. Un día en que no me podía desenredar el pelo porque se me había formado una especie de rasta, llamé a mi cuñada y le dije: ‘Cómprame una peluca porque me voy a rapar”. 

Por entonces, Patricia ya llevaba un tiempo formándose en el campo de la salud nutricional: “Algo no me cuadraba. Era muy feliz, me alimentaba muy bien”. Durante un año llegó a inyectarse y a tomar cortisona. Pero no funcionaba. “Tardé tres años y medio en recuperar mi pelo”, se sincera. Aquel episodio le sirvió para desarrollar su propia nutricosmética: “Empecé a enfocar cualquier síntoma desde un foco más profundo e integral. Me especialicé en el pelo y saqué mis suplementos”, tras los cuales ha desarrollado una línea nutricosmética para la piel.

Somos lo que comemos… y lo que sufrimos

En paralelo, Patricia ha ido sacando distintos libros en los que explica los fundamentos de su método YSK y donde cuenta los problemas que ha ido sufriendo. El método nace en realidad de un blog “cuando los blogs estaban de moda”, que se llamaba ‘Yo sí ke komo’, porque era lo que respondía cuando la gente la veía más delgada y le preguntaba por qué no comía, aunque en realidad lo que sucedía era que estaba menos hinchada. “Como públicamente nunca como, pensaban que estaba delgada por eso. Pero yo sí que como: lo que ocurre es que lo hago en casa”. 

¿Qué hacemos mal en el terreno de la alimentación? Patricia lo tiene claro: “No le dedicamos tiempo a hacer la compra y a cocinar. Lo importante es que te cocines tú”. Y no solo eso, sino tomarse el tiempo de buscar productos de cercanía: “Ya ni siquiera pido que sean eco, me conformo con que no vengan de Senegal o de Perú”. “La comida pasó de ser algo saludable a ser una industria”, afirma, y añade: “Si tu pan no está hecho por un panadero que ha tenido fermentando la masa un número de horas, que lo ha hecho en un horno de leña, nunca vas a comer un buen pan”. Habla del marketing de algunos productos que no deberían estar en los lineales por ser terribles para la salud, del daño que produce el azúcar, de la sostenibilidad. “Yo no viajo en avión”, declara.

Su método “no es tanto poner dietas a la gente, sino darles herramientas para enseñarles a comer”, personalizar el tipo de alimentación para aprender a hacerlo adecuadamente. Las personas que van a su consulta son de todo tipo: “Yo tengo personas que vienen desde hace 15 años. Me vienen hasta familias enteras, o gente con enfermedades degenerativas”, dice. “De nada te sirve comer muy bien si no disfrutas de lo que estás comiendo”. Explica que desde su centro enseña a la gente a conocerse, “a modificar sus hábitos poco a poco. Como cuando vas al gimnasio: el primer día caminas un poco, no te pones a correr la maratón”.

“Luis, tú tranquilo, que de aquí salimos juntos”

A estas alturas, todo el mundo conoce el problema de salud que tuvo Luis Canut, allá por 2023. Patricia Pérez recuerda aquel momento: “La vida nos cambió radicalmente”, y confiesa: “Mi trauma es que me costó que diagnosticaran a Luis”. A Luis comenzó a dolerle la cabeza dos días después del día en que se les murió su perra. “Para nosotros nuestros perros son como nuestros hijos”, explica, así que cuando en el hospital le diagnosticaron cefalea por estrés y, en un principio, les cuadró el diagnóstico. “Pero a las tres horas me dice que le duele. Y volvemos al hospital… y así durante nueve días”. Para Patricia, a esas alturas, tenía que haber algo más. “Yo me arrodillaba, suplicaba, lloraba y montaba unos pollos… Cuando le dieron el diagnóstico [meningitis criptocócica] no lloré, no me estresé. Yo le dije: ‘Luis, tú tranquilo, que de aquí salimos juntos”. 

A los dos días de aquel diagnóstico, “él se queda ciego de un ojo. Yo pensé que iba a recuperarse del todo. Pero estuvo cinco meses y medio en el hospital, sin poder ver la tele ni leer”. Escuchado de su boca, todo suena más leve de lo que en realidad fue. Porque Patricia (y Luis) se lo toman todo con muchísima positividad: “De nada vale llorar ni lamentarse. Yo pensé en que Luis, se quede como se quede, sea feliz”. De hecho, Canut salió del hospital “en silla de ruedas, y le costó muchísimo ponerse de pie y andar. Estuvo seis meses para [reaprender a] ponerse un cinturón. No sabía comer, no sabía escribir. Luis no sabía quién era él, solo sabía quién era su mujer, pero no tenía recuerdos de su matrimonio”.

Sin embargo, vuelve a mostrar su lado luminoso y explica que, en aquellos momentos difíciles, “sacó lo mejor de él, que era su sentido del humor. Nunca vivimos la enfermedad en la pena”. Es, dice, lo mismo que les transmite a las personas que van a su consulta: “El cuerpo hace todo lo que puede. Es cuando más fuerza interior tienes que sacar y más feliz tienes que ser, porque el amor es la frecuencia más elevada de la vida”. Y concluye, a modo de frase inspiradora: “Tienes que sentirte acompañado por ti mismo. La vida es un regalo: es un milagro que mi corazón, desde que me gestaron hasta hoy, no se haya parado nunca. Eso es lo que me da fuerzas”.