Roberto Pascual, podólogo, sobre la sandalia perfecta: “El problema no es la cuña ni la suela plana"

Las sandalias planas están por todas partes, desde las palas tipo Oran hasta las de dedo más minimalistas. Pero que sean tendencia no significa que todos los pies las toleren igual
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MadridHay sandalias que, antes de probártelas, ya te han convencido. Pasa con las de pala, con las de dedo en versión sofisticada y con todos esos modelos planos con las que las mujeres con más estilo combinan un vestido blanco, pantalón de lino... La Oran de Hermès es el gran icono: sencilla, reconocible, con esa H que ha dado pie a versiones, clones e inspiraciones hasta en el infierno. Pero no está sola. Las sandalias planas de The Row, las tiras de Saint Laurent, las flip flop de lujo como las de la colección de Havaianas con Isabel Marant, que ya no pisan solo la playa, o las propuestas de Ancient Greek Sandals.
Y, sin embargo, el pie no entiende de logos. Entiende de sujeción, de estabilidad, de costumbre y de cómo se reparte el peso al caminar. Por eso, antes de enamorarse de una sandalia monísima, conviene hacerse una pregunta bastante menos aspiracional pero mucho más útil: ¿mi pie está preparado para llevarla?
Roberto Pascual, podólogo y profesor titular del Grado de Podología en la Universidad Miguel Hernández de Elche y colaborador de Zapato Feroz, firma especializada en zapato barefoot, nos cuenta que "la mejor sandalia es la que tenga el mismo drop, la diferencia de altura entre talón y antepié, que el calzado que usamos habitualmente”. Y aquí está gran parte del asunto. No se trata de decir que una sandalia plana sea mala, ni que una cuña sea buena, ni al revés. Como explica el podólogo, “el problema no es la cuña ni la suela plana en sí mismas; el problema es el cambio brusco”.
La sandalia plana queda ideal, pero no siempre perdona
La tendencia dice sandalia plana, fina, sencilla, casi desnuda. El pie, en cambio, puede venir de pasar meses subido a zapatillas de correr, botines, mocasines con suela gruesa o zapatos con algo de tacón. Y ese salto, aunque parezca pequeño, se nota.
“Si en el día a día llevamos zapatos con algo de tacón o drop, y de repente nos ponemos unas sandalias completamente planas, estamos sometiendo a toda la musculatura posterior de la pierna (sóleo, tendón de Aquiles, fascia plantar) a un estiramiento para el que no estaba preparada”, explica Pascual. Y por eso aparecen esas molestias tan típicas de verano: el talón que tira, la planta cargada, el gemelo raro, la sensación de haber caminado mucho más de lo que realmente se ha caminado.
También pasa al contrario. “Si estamos acostumbrados a calzado respetuoso con drop cero, nuestra sandalia también debería serlo. No hay una opción mejor que otra. La clave es la coherencia con lo que ya usamos”, añade. Es decir, el lujo de verdad no es llevar la sandalia más viral, sino una que no haga que el pie proteste a media tarde.
La forma del pie importa
No todos los pies llenan igual una pala, una tira o una sandalia de dedo. Un pie ancho necesita espacio y ajuste. Un pie estrecho necesita que la sandalia no baile. Un empeine alto no lleva bien las tiras rígidas que aprietan justo donde no deben. Y un arco pronunciado no siempre agradece una suela blandísima.
Para Pascual, si la sandalia se va a usar de verdad, y no solo para bajar a la piscina, “necesita sujeción, y esa sujeción debe ser similar a la de un zapato cerrado”. ¿Cómo se traduce eso? “Una cincha o tira sobre el dorso del pie (por delante del tobillo) y otra a la altura de los dedos”. Lo ideal, insiste, es que ambas sean regulables, porque así se adaptan “a pies más anchos o más estrechos” y también a los cambios del propio pie durante el día.
En cuanto al tobillo, sorpresa: no siempre hace falta esa tira trasera que muchas compramos pensando que sujeta más. “La sujeción a nivel del tobillo no es necesaria. Aporta más estética que función”, aclara el podólogo.
¿Y qué pasa con los pies de arco pronunciado? Que una sandalia demasiado fina puede quedarse corta si vamos a caminar mucho, pero una demasiado blanda tampoco es la solución mágica. Pascual pone el foco en la entresuela, esa capa que va entre el pie y la suela exterior: “Nunca debería ser excesivamente blanda”. ¿Por qué? “Una entresuela demasiado blanda hace que el calzado sea inestable y puede acentuar la tendencia del pie a pronarse (volcar hacia dentro) o a supinarse (volcar hacia fuera)”.
El error más común: estrenarlas como si nada
Nos venimos arriba, las estrenamos para caminar durante horas y luego culpamos al modelo. Pascual lo tiene claro: “El error más común es estrenarlas a tope el primer día”.
Aunque sean las del verano pasado, el pie lleva meses sin convivir con tiras, separadores de dedo y materiales más expuestos. “En el momento en que pasamos de un zapato cerrado a una sandalia estamos exponiendo zonas de la piel a contactos y presiones que llevaban meses sin recibirlos”, explica. Por eso recomienda algo poco glamuroso, pero útil: probarlas antes en casa media hora o una hora. Si rozan, lo sabrás antes de estar en mitad de la calle. Si aprietan, podrás regularlas. Si el pie se mueve demasiado, mala señal.
¿Hay que desterrar chanclas, palas o sandalias finísimas? No necesariamente. “Ninguna sandalia es mala en sí misma. Lo que hay que evitar es el cambio demasiado brusco”, dice Pascual. El caso más típico es el de quien vive en zapatillas de running y en junio se planta unas sandalias planas como una hoja de papel. “Cuando hacemos ese salto de golpe, estamos combinando dos cambios a la vez: el drop y la capacidad de absorción del impacto. El resultado suelen ser dolores en los metatarsianos y en el talón”, advierte.
