Daniel Grao: "A los 50 sigo teniendo las mismas inseguridades, incluso menos certezas"
De Almodóvar a populares series como Ángela o Perdida, Daniel Grao ha hecho de la versatilidad su sello interpretativo
Su nuevo reto es la ficción sonora Umbra Dei, donde todo depende de la voz
En Daniel Grao permanece inalterable una mezcla de inseguridad y deseo que, lejos de diluirse con la experiencia, es el motor de su carrera. A punto de cumplir 50, el actor habla sin rodeos de esa sensación contradictoria de seguir empezando siempre, de no sentirse nunca del todo instalado. “Cuando te haces mayor lo que cambia, sobre todo, es la mirada del otro”, reflexiona, “que te recuerda que eres un señor de 50, aunque tú te sientas un chaval”.
Esa dualidad entre madurez y una inquietud casi adolescente atraviesa también sus decisiones profesionales. Grao no busca la comodidad, dice sí a los proyectos que le asustan, a personajes que no sabe muy bien cómo abordar. Y ahí es donde encuentra ‘vidilla’, reconoce. Quizá por eso su trayectoria ha transitado sin perder nunca ese pulso que define su interpretación.
Ahora da un paso más en esa búsqueda con Umbra Dei, su primera incursión en la ficción sonora para Audible.es. Un terreno nuevo donde todo depende de la voz, un rasgo que siempre le ha precedido. “Me reconocen antes por cómo hablo que por la cara”, confiesa. Lo que durante años fue casi una anécdota se convierte ahora en su herramienta principal.
En esta historia ambientada en la España de 1818, encarna a Juan de Espiga, un sacerdote escéptico en plena España de Fernando VII. Comparte narración con Nadia de Santiago bajo la dirección de Manuel Sanabria. Su personaje navega entre la fe, la razón y lo inexplicable. Se trata de alguien que, como él mismo, duda, cuestiona y busca respuestas. Porque reconoce que, tras décadas de oficio, “las certezas siguen siendo escasas”.
En el terreno personal, Grao reconoce el papel fundamental de su pareja en la crianza de sus dos hijos y recuerda que, en los primeros años, muchos rodajes se concentraron en Madrid. “Pude contarles cuentos por la noche o llevarles al colegio”, apunta. Con el paso del tiempo, ha buscado transformar la distancia en experiencia compartida. Aun así, admite que separarse de su familia “sigue siendo lo más difícil”.
En paralelo, su relación con la fama ha sido amable, su perfil camaleónico le permite moverse con normalidad. “Que alguien se te acerque tranquilamente y te felicite por tu trabajo, es siempre bonito”, afirma. Grao ha construido una carrera coherente con su forma de entender el oficio: empezar cada proyecto como si fuera el primero.
Estrenas tu primera ficción sonora, ‘Umbra Dei’. ¿Qué te atrajo del proyecto?
Lo primero fue probarme ahí, en un trabajo que se apoya solo en la voz. Me ha pasado mucho que me pregunten si he hecho algo con la voz. Incluso en la vida diaria, a veces me reconocen antes por cómo hablo. El director también me lo preguntó y le dije que no, pero que me encantaría probar. Y esta ha sido mi primera vez. Me ha entusiasmado la historia y trabajar así, porque además aprendes mucho al compartir con actores de doblaje.
¿Cómo ha sido el trabajo y la construcción del personaje?
El proceso es muy parecido al audiovisual, pero toda la intención tiene que pasar por la voz. Ha sido un trabajo muy natural. Sí que había compañeros más habituados al doblaje con una expresividad más marcada, y eso me generaba cierto complejo, pero al final encontramos el equilibrio. Me sorprendió que no era tanto narración como interpretación de escenas, como en una serie.
La historia mezcla superstición, política e investigación. ¿Qué conecta con el público actual?
El guion es buenísimo porque parte de un crimen real que hay que resolver. Luego están los elementos históricos y fantásticos, pero mi personaje es muy pragmático: parece sobrenatural, pero él siempre encuentra una explicación. Es el que va desmontando los fakes. Hay aventura, amor y mucho humor, y creo que funciona muy bien.
¿Ha habido un momento clave en tu carrera?
No sé si hay un antes y un después. Yo siempre estoy buscando algo que me rete. Digo que sí a lo que me asusta, aunque luego lo sufra. Es lo que me da vidilla. Si siento que ya lo he hecho, no me interesa tanto. Llevo muchos años trabajando, pero mantengo esa sensación de estar empezando. Me sigo poniendo nervioso, inseguro. Me sigue pasando.
Has trabajado con directores como Pedro Almodóvar en ‘Julieta’, vaya que eres un chico Almódovar. ¿Qué aprendiste?
Fue una fantasía. El proceso de casting se me hizo largo, pero luego supe que es habitual. Entre pruebas, le invité a verme en teatro y vino, le gustó y fue una alegría. Después, ir a Cannes y vivir todo eso fue muy especial. De su cine me interesa ese punto autorreferencial, cómo se expone sin tapujos, creo que hay un morbo ahí también, porque todos conocemos la figura del director.
Has interpretado personajes muy oscuros, como en la serie ‘Ángela’. ¿Qué te atrae de ellos?
O los haces de verdad o no tiene sentido. Intentas meterte en la piel de alguien así y surgen matices que no están escritos, pequeños gestos, formas de hablar. Yo me zambullo y lo disfruto, aunque a veces pienses “otra vez tengo que hacer a este cabrón”. Es incómodo, pero también he hecho de padre coraje, y otros personajes más positivos, más luminosos. Moverte de la luz a la sombra, para un actor, es muy estimulante.
Estás cerca de los 50. ¿Qué balance haces?
No vayas por ahí… Estoy un poco en crisis vital (risas). En esencia eres el mismo, pero cuando te haces mayor lo que cambia, sobre todo, es la mirada del otro, que te recuerda que eres un señor de 50, aunque tú te sientas un chaval. También te planteas qué cosas a lo mejor haces por inercia, que quizá no te apetecen tanto. Pero no tengo una respuesta. Sigo teniendo las mismas inseguridades, incluso menos certezas.
¿Qué sientes que has conseguido hasta ahora?
Soy más de darme caña por lo que me falta que por lo que he conseguido. Me cuesta mirar atrás y valorar. Enseguida estoy pensando en lo siguiente. Vivo ahí, en lo que quiero hacer. Es un poco ansioso, pero es mi carácter. A veces creo que habría que parar y valorar más.
¿Qué sueños te quedan?
Si pienso en mi yo adolescente, quería hacer de todo: cine, televisión, teatro. Y lo estoy haciendo, así que estoy agradecido. Pero sigo teniendo deseos, como trabajar con ciertos directores como [Rodrigo] Sorogoyen. Ves trabajos y piensas: qué sueño debe ser trabajar con esa persona.
¿El mejor consejo que te han dado?
Mi padre siempre decía, vive y deja vivir. En casa se respiraba eso de no meterse en la vida de los demás. No sabemos ni la mitad de la mitad. Así que mejor centrarse en lo propio.
¿Cómo te cuidas física y emocionalmente?
Tengo una mirada bastante holística. Intento cuidar todas las áreas: lo físico, la alimentación, lo emocional. Soy muy amigo del trabajo terapéutico. A veces incluso tengo que relajarme porque puedo obsesionarme demasiado, pero intento mantener ese equilibrio.
¿Tus mayores retos?
Cada personaje nuevo es un reto por la incertidumbre. Pero los disfruto. Quizá los más oscuros son más exigentes. Aun así, el mayor reto es combinar ser actor y padre. Tener un hijo adolescente te pone todo el rato en el tablero. Te hace preguntarte, ¿lo estoy haciendo bien? Y con la carrera también, claro. Es un momento como de, hacia dónde voy, qué me falta, qué quiero y qué me gustaría…
Tienes dos hijos… ¿Cómo concilias?
Porque tengo un pedazo de mujer que me ayuda muchísimo, eso es importante. También ha tenido suerte, cuando mis hijos eran pequeños, trabajaba mucho en Madrid y podía estar presente. Los podía acostar y contar el cuento por la noche, o llevarles por la mañana al cole. Ahora viajo más, pero intento convertirlo en algo compartido. Con ‘Perdida’, por ejemplo, que fueron cuatro meses en Colombia, nos hicimos un viaje en medio y conocieron parte del país. Aun así, separarme de ellos sigue siendo lo más difícil.
¿Cómo llevas la fama?
Lo mío es muy cómodo. No fui famoso de adolescente, ni he vivido un fenómeno masivo. Voy cambiando de personajes, camaleónico y no siempre me reconocen, cuando lo hacen suele ser por mi voz. La gente es cariñosa y respetuosa. Que alguien se te acerque tranquilamente, te felicite por tu trabajo, es siempre bonito. Tengo una vida completamente normal.
Para terminar, ¿cómo te definirías?
Uf, es difícil… El director de teatro, Pablo Messiez, que me dirigió en La Piedra oscura, dijo una vez que soy como un niño-hombre. Y creo que esa combinación me define. Esa energía del niño, con la inseguridad y las ganas, sigue intacta. Y luego está la madurez que te da la vida. Esas dos partes conviven en mí.