El testimonio de Abigaíl Aleu, ex Testigo de Jehová: "La propia víctima de violencia de género asume su papel sumiso"
“La semilla de mi padre fue el triunfo de mi rebelión y el éxito de mi hija”, nos dice esta abogada, hoy desvinculada por completo de la organización
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Lo primero que nos llama la atención de Abigaíl Aleu es el contraste entre sus fotos de niña, con un semblante triste, y las más recientes, donde se la ve feliz. Nació perteneciendo a los Testigos de Jehová, dentro de una congregación ubicada en Santander. Hoy tiene 48 años, lleva más de 30 fuera de la organización y de sus rituales, no se arrepiente de nada y, además, ayuda a todas aquellas personas que se sienten atrapadas en ella. Convertida hoy en la abogada de la Asociación de Víctimas de Testigos de Jehová, Aleu luchó contra todo lo establecido, y lo hizo muy joven: por fortuna, contó con ayuda fuera para poder conseguirlo. Pero no todas las historias de exmiembros terminan bien. Hemos hablado con ella para que nos cuente su vida dentro y fuera de los Testigos de Jehová, cómo se comportan con sus fieles y hasta qué punto muchos de estos sufren rechazo o invisibilización.
Un padre inspirador y una madre sometida a la norma
“Mis padres eran Testigos de Jehová. Mi padre no es que lo fuera del todo, no estaba al 100 % convencido: era un niño cuando su madre entró, pero mi abuelo paterno no quiso formar parte, así que tenía una doble vertiente. En ese contexto conoció a mi madre cuya familia era más tradicional. Se casaron porque te obligan a casarte joven y a tener noviazgos cortos”. Es posible que apenas recuerde a sus padres juntos, porque “cuando yo tenía 3 años, mi padre se divorció. Fue supervaliente. Nos veíamos a escondidas, porque la familia de su ex, mi madre, no nos dejaba vernos. Él es una persona que recoge la tradición de los que se encerraban en fábricas para exigir un futuro mejor, que me enseñaba valores como el activismo o la igualdad de género, que me hizo cuestionarme cosas”.
De su padre no puede dejar de decir maravillas: “Es un hombre al que siempre recuerdo con un libro en la mano, pero no de la doctrina de los Testigos de Jehová. Fue mi motor conceptual, mi antídoto contra el adoctrinamiento. Gracias a él fui desarrollando pensamiento crítico”. Y gracias a él fue creando ese desapego de la organización: “Yo ya quería estudiar Derecho con 10 o 12 años, y se lo dije al anciano [el líder espiritual] de la congregación, que me respondió: ‘Tú no vales para eso, el Armagedón [algo así como el fin del mundo] está a punto de venir, las mujeres están para acompañar al hombre y predicar’. El mundo se me vino encima. En la preadolescencia salí”.
Cerrar la puerta siendo aún una niña
Una niña de unos 14 o 15 años separándose de un grupo tan cerrado inevitablemente le causó problemas, en especial con personas de la familia de su madre: “Algunos de ellos habían salido de la organización, pero seguían teniendo esa mentalidad retrógrada de que la mujer es un ente reproductor y no productor, y no querían que estudiara: mi madre quería que trabajara en un supermercado, y yo dije: ‘¿Qué? Por mis ovarios que voy a estudiar’. Es más, cuando empecé a ir a la universidad, compartía espacio con la antigua facultad de CC Económicas y Empresariales, y coincidía por los pasillos con el hijo del anciano que me desautorizó. Claro, él era un hombre y yo una mujer”.
Abigaíl, que dejó de asistir a las reuniones cuando contaba con unos 14 o 15 años, cuenta una anécdota que resume muy bien cómo se sintió cuando se marchó de la organización: “Cuando me saqué el carné de moto a los 20 o 21 años, no era habitual ver a mujeres con motos de gran cilindrada, y esa sensación que te da el viento cuando vas en una moto se parecía a la libertad cuando sales de allí”.
Pero aunque ella lo tuvo bien claro, las circunstancias no acompañaban. “Geográficamente vivía en un sitio muy pequeño, así que lo de conducir una moto, participar en reivindicaciones, luchar por los derechos…, hacían que dentro de casa tuviera un ambiente hostil y tóxico. Tuve a mi hija sola, porque yo consideraba que era dueña de mi cuerpo [dejó a su pareja cuando estaba embarazada]”. Y llegó el momento de salir de aquel ambiente irrespirable: cuando su hija tenía 5 años, “decidí marcharme muy lejos de allí. Con un coche viejo y 400 euros de subsidio me fui a Cataluña. Aquí me desarrollé como profesional, me enamoré y me casé con el hombre que elegí. Mi padre está orgullosísimo de mi trayectoria, de cómo me he reinventado. Y salí sola, saqué adelante a mi hija sola. Utilicé mi profesión para ayudar a otras personas”. Su hija ha comenzado a estudiar en la universidad “Ingeniería de Telecomunicaciones, que es una carrera absolutamente masculinizada”. Y añade una frase realmente inspiradora: “La semilla de mi padre fue el triunfo de mi rebelión y el éxito de mi hija”.
El ostracismo dentro de la organización
Una de las prácticas de esta organización religiosa que han quedado demostradas en estos procesos es el ostracismo, el aislamiento al que se somete a quienes contravienen las normas. Abigaíl explica que su relación con los familiares que permanecen dentro de los Testigos de Jehová es “nula. Porque yo quise”, y luego especifica que “hay un doble rasero: han ‘evolucionado’ respecto a la rigidez del sistema anterior porque saben que ahora se les está observando; el ostracismo por imposición puede ser un delito, y tienen una manera más sibilina de practicarlo, que es dejarlo a la conciencia de cada uno. Si perteneces a un grupo rígido es como si te obligaran”. Si ahora, en teoría, permiten la relación entre personas de dentro y de fuera, ¿cómo resulta en la práctica? “Es un enfrentamiento constante”, explica, porque “intentan imponerte sus ideas”.
Abigaíl es una excepción a la norma y su salida no le provocó traumas, pero no es lo habitual: atiende muchas consultas de gente que “tiene a su familia y amigos dentro, hasta compañeros de trabajo, y no se atreven a dar el paso porque se van a ver solos”. Porque han crecido escuchando horrores del mundo exterior: “Van a salir a un mundo que te han vendido como malo y peligroso, en el que las personas te van a robar, prostituir, a meter en las drogas”. Ante esto, la abogada de la asociación aconseja “tejer una red de apoyos fuera para hacer que la salida sea lo menos traumática posible”. El ostracismo va más allá: “Los anuncios de expulsión los hacen públicos. Están divulgando datos especialmente protegidos. Es una infracción administrativa muy grave y puede ser un delito”, recalca.
El comportamiento con el colectivo LGTBI y con las mujeres
La orientación sexual 'no normativa' es una línea roja para los Testigos de Jehová. Tanto, que Abigaíl narra un caso que conoció: “Había una persona que tenía conflictos con su identidad sexual. Vivía atormentado. En los años 80 y 90 había muchísima droga, y él tenía problemas de adicciones. Nunca hizo pública su identidad sexual, pero su madre prefería que fuese toxicómano a homosexual. Esa persona se quitó la vida con 35 años”.
¿Cómo se compadece el rechazo de la organización a los homosexuales con la situación legal española, que prohíbe ese rechazo? Abigaíl explica que “ellos dicen públicamente en las vistas judiciales que no prohíben que una persona sea homosexual, pero sí prohíben las prácticas homosexuales. El hecho de que tú tengas una práctica homosexual para ellos es motivo de expulsión. Es un terreno muy delicado, porque es delito de odio. Intentan no incurrir en delitos, pero al final terminas cometiendo uno tras otro. Ahora mismo hay admitida a trámite una denuncia múltiple de 80 personas en Alcalá de Henares”.
Con la mujer, la situación no mejora demasiado. La abogada y ex Testigo de Jehová habla de “invisibilidad. Para ellos, la Biblia empieza con el libro de Génesis, en el que Eva es pecadora y provoca todos los males en la humanidad”. La mujer dentro de la organización carece de capacidad de decisión, “sin más autonomía que predicar, servir a dios y ser apoyo al marido”. Explica que, en los casos de adulterio, “a la que se culpa es a la mujer, porque ella le provocó”. Esa cosificación, explica, es “un germen para la violencia de género. No acuso a la organización de promoverla, pero no hay herramienta penal posible de acabar con la violencia de género si no te consideras víctima porque te lo han inculcado desde pequeña. Si lo aceptas con resignación, no hay nada que hacer”.
Nos cuenta que hay órdenes de protección que la propia víctima rechaza porque asume su papel sumiso. Esto la aleja de recibir “un tratamiento que puede durar años”, y añade: “Esta responsabilidad es social y cultural”. Habla de esta situación de sumisión como “el caldo de cultivo para que propicie el control ejercido por el hombre”, y subraya esa violencia invisible de “hacer creer a la mujer que tiene que someterse a la autoridad masculina”.
El Comité de la Sangre
Seguro que has leído o escuchado algún caso en el que una persona, a veces un menor, ha muerto por rechazar una transfusión. Normalmente, esas personas son Testigos de Jehová. “Se basan en un libro en el que se dice: ‘No comerás sangre’, y se establece un paralelismo con las transfusiones. Mi abuelo, que ya falleció, hubo un momento en que necesitó una transfusión. Por suerte, la aceptó contra el criterio de su familia, entre ellos mi abuela. Esa abuela murió en una operación de cadera por rechazar una transfusión… ¡después de haber superado un cáncer!”. De nuevo, ¿no se comete un delito? La abogada nos lo explica: “Suele personarse en el hospital el Comité de la Sangre, que se encarga de disuadir al enfermo para que rechace la transfusión; por tanto, el consentimiento no es libre”. Ahora permiten las autotransfusiones, nos cuenta, “pero por el camino han muerto muchas personas”.
Aislarte de un mundo "lleno de peligros"
¿Cómo se consigue aislar a los adeptos a esta religión del mundo? Porque los Testigos de Jehová conviven con gente no creyente. Abigaíl Aleu nos cuenta cómo lo logran: “Te enseñan que el mundo es negativo. Que hay muchos peligros, que vas a sufrir. Creces con el miedo al mundo exterior, al Armagedón… Como tu dedicación es casi absoluta, se reduce de forma notable tu exposición fuera. Si además te dicen que te relaciones lo justo e imprescindible, es algo que haces por miedo, de forma innata”. De hecho, comenta que sus actuales compañeros de la asociación, “cuando estuvieron dentro y antes de querer salir, estaban a gusto”, y lo ejemplifica así: “Imagínate un inmigrante que se siente solo y lo reciben con todos los honores y el cariño en el Salón del Reino [el lugar de reunión de estas organizaciones], ¿cómo te sentirías?”.