Mujeres

La vida de Marta Lloret cáncer metastásico: “He dejado de vivir deprisa y he empezado a querer vivir más profundamente”

Marta Lloret. Cortesía de Marta Lloret
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Al ver a Marta Lloret en sus redes sociales, lo primero que llama la atención son sus enormes ojos color miel y su sonrisa. Esta mujer de 45 años no tenía síntomas: fue un desarreglo en su menstruación lo que hizo que fuera al médico y recibiera, el 25 de mayo del año pasado, una noticia que le cambió la vida para siempre: padecía un cáncer de endometrio en estadio IVB con metástasis en el ovario y el peritoneo. Hasta entonces llevaba una vida normal: “Trabajo, gimnasia, vida sana”. Tras dieciocho ciclos de quimioterapia y un coágulo pulmonar, un nuevo comunicado: no había cura. La solución que le daban era cronificar la enfermedad. Actualmente se encuentra en paliativos. 

Desde entonces hasta hoy, Marta, conocida en Instagram como Marta de Rizos, habla con sus más de treinta mil seguidores sobre su día a día, sobre cómo aborda convivir “con una presencia a la que no invité” y sobre sus pequeños grandes avances. Y lo hace en positivo, poniendo el acento en todo eso que a menudo nos pasa por alto porque nos centramos en llegar a tiempo a todo, en nuestras rutinas, en nuestro estrés. Hemos charlado con Marta de cómo ha impactado la enfermedad en su día a día, de lo que es importante de verdad y, sobre todo, de su nueva forma de ver la vida.

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"Vivía pensando que habría tiempo"

Cuando recibiste tu diagnóstico, ¿qué fue lo primero que pensaste y lo primero que hiciste?

Creo que hay momentos en la vida que tienen la capacidad de dividir el tiempo en dos. Y el diagnóstico fue uno de esos momentos. Cuando escuché que tenía cáncer, lo primero que pensé fue: “Mi vida acaba de cambiar”. No pensé enseguida que mi vida fuera a terminar. Un diagnóstico de cáncer puede cambiar tu manera de vivir, de mirar el futuro, de relacionarte con el tiempo y contigo misma, pero eso no significa que en ese instante desaparezca la vida que tienes delante. Lo que ocurre es que de repente el futuro deja de ser algo que das por hecho.

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Hasta entonces yo también vivía pensando que habría tiempo. Tiempo para hacer cosas, para viajar, para escribir, para cambiar aquello que no me gustaba, para llamar a alguien, para empezar proyectos, para descansar algún día. Y de repente aparece una enfermedad y te coloca delante de una verdad que siempre estuvo ahí, pero que normalmente preferimos no mirar demasiado de cerca: somos finitos.

Lo primero que hice fue intentar comprender. Ahí entendí algo que para mí ha sido fundamental: yo no podía decidir lo que me estaba ocurriendo, pero sí podía decidir desde dónde quería atravesarlo. No quería vivir instalada en el miedo. Tampoco quería fingir que no lo tenía. No quería convertirme en una mujer que estuviera todo el día luchando contra algo, como si tuviera que demostrarle al mundo que era fuerte. Quería seguir siendo yo. Con mis días buenos y mis días malos. Con mis proyectos, mis contradicciones, mis ganas de escribir, mis animales, las personas que quiero, mis momentos de cansancio y también mis momentos de absoluta felicidad. Y creo que ahí comenzó realmente mi manera de atravesar la enfermedad: entender que el cáncer forma parte de mi vida, pero no es toda mi vida.

En su perfil de Instagram, vemos a Marta explicando sus pruebas, bromeando con su pareja, hablando de los dos libros que ha escrito y publicado: ‘La conciencia del límite’ y ‘Mientras estoy’. Son poemarios en los que ha volcado las emociones que se han despertado en ella desde que vive con esta nueva realidad.

¿Cómo veías el mundo antes y cómo lo ves ahora? ¿De qué manera has evolucionado?

Antes miraba mucho hacia delante. Creo que la mayoría de nosotros vivimos así. Damos por hecho que habrá un mañana y que en ese mañana podremos hacer aquello que hoy estamos posponiendo. Vivimos diciendo: “Ya tendré tiempo”. La enfermedad me ha hecho comprender que el tiempo no funciona así. El tiempo ocurre mientras nosotros estamos ocupados haciendo otros planes. Y esa conciencia ha cambiado muchísimo mi manera de mirar. 

Ahora presto atención a cosas que antes probablemente habría considerado insignificantes. Una mañana tranquila, el sol entrando por una ventana, una conversación que se alarga… Antes quizá necesitaba que ocurrieran grandes cosas para sentir que estaba viviendo; ahora entiendo que la vida también está en lo pequeño. Y hay otra cosa que ha cambiado: mi escala de prioridades. Hay problemas que antes podían ocuparme la cabeza durante días y que ahora, sinceramente, no tienen ningún peso. He aprendido a preguntarme: “¿Esto dentro de cinco años seguirá importándome? ¿Merece realmente que le entregue mi paz?”. Y muchas veces la respuesta es no.

La enfermedad tampoco me ha convertido en una persona permanentemente optimista. Hay cosas que son injustas. Pero sí creo que podemos decidir qué hacemos con nuestra mirada después. Y yo he decidido mirar más despacio. He dejado de querer vivir más deprisa y he empezado a querer vivir más profundamente.

"La enfermedad me ha hecho más consciente de mi fragilidad, pero también mucho más libre"

¿Qué ha cambiado desde entonces en la relación que tienes contigo misma? 

Muchísimo. Creo que durante años fui bastante exigente conmigo misma. Como tantas mujeres, había interiorizado esa necesidad de poder con todo. La enfermedad me ha obligado a descubrir que no, que hay una enorme diferencia entre ser fuerte y no permitirse nunca estar cansada. Ahora me escucho mucho más: he aprendido a respetar mis límites y, sobre todo, he dejado de sentir que tengo que justificar cada uno de ellos.

Si necesito descansar, descanso. Si necesito estar sola, estoy sola. Si necesito hablar, hablo. Si necesito llorar, lloro. Y si un día estoy feliz y tengo ganas de celebrar la vida, también lo hago sin sentir que tengo que pedir permiso. Parece que cuando tienes una enfermedad grave tienes que comportarte permanentemente como una persona enferma. Y yo no quiero vivir así. Yo sigo siendo una mujer que se ríe, que escribe, que tiene proyectos, que se ilusiona, que se enfada. La enfermedad me ha hecho más consciente de mi fragilidad, pero paradójicamente también me ha hecho sentir mucho más libre. Porque cuando entiendes que no tienes que demostrar nada, empiezas a vivir de otra manera.

Dices en tus redes sociales: “No soy una mujer que luche contra la vida. Soy una mujer que la atraviesa mientras la vida me atraviesa a mí”. ¿Cuál es el sentimiento que predomina en tu día a día, el que te acompaña?

Una conciencia mucho más profunda de estar viva y sobre todo la gratitud. Pero no es una gratitud ingenua: yo no agradezco tener cáncer ni creo que una enfermedad tenga que ser un regalo disfrazado. Mi gratitud está en poder seguir encontrando belleza, en tener ganas de escribir, reírme, abrazar a alguien, mirar a mis gatas y pensar que hay algo profundamente hermoso en compartir la vida con otros seres. En poder tener un día malo y aun así saber que habrá otro. He aprendido también que no necesito elegir entre tener miedo y tener esperanza, porque puedo tener las dos cosas. Puedo saber que mi enfermedad es seria y al mismo tiempo disfrutar de una tarde cualquiera. O pensar en la muerte y seguir teniendo unas ganas horribles de vivir. La frase “no quiero pasarme la vida luchando contra aquello que no puedo cambiar: quiero atravesarlo” es muy importante para mí. Porque atravesar no significa rendirse: significa estar presente, saber que hay días luminosos y días oscuros y ninguno de ellos define toda la historia. La vida me atraviesa porque paso por ella y no puedo salir ilesa. Me pasan cosas, me duelen, me cambian. Y yo también dejo que la vida me transforme.

"Deberíamos revisar la palabra 'lucha': parece que si no luchas, pierdes"

Como mujer con cáncer, ¿qué no debería decir nadie a una persona que lo esté padeciendo, cuáles son esas frases que, aun pensando que van a ayudar a alguien, crean el efecto contrario?

Hay una frase que me parece especialmente injusta: “Tienes que ser fuerte”. Porque una persona que está atravesando un cáncer ya está haciendo muchísimo. No necesita además convertirse en una heroína para que los demás puedan sentirse tranquilos. Creo que también hay que tener cuidado con frases como “tienes que pensar en positivo”, “todo pasa por algo” o “conozco a una persona que tuvo lo mismo y está perfectamente”. Entiendo de dónde nacen. Muchas veces nacen del miedo y del cariño. La persona que las dice quiere ayudar, quiere ofrecer una salida, quiere demostrar que existe esperanza. Pero la esperanza no necesita mentiras y cada persona tiene una historia diferente, un diagnóstico diferente, un tratamiento diferente y una historia emocional distinta. 

Y hay algo que considero especialmente importante: no hay una manera correcta de estar enferma. Una persona puede estar llena de esperanza y tener miedo. Puede querer hablar de su enfermedad constantemente o no querer hablar nunca. Puede llorar un día y reírse al siguiente. Todo eso cabe dentro de la experiencia de estar enferma. Y también creo que deberíamos revisar esa palabra que utilizamos tanto: “Lucha”. Porque parece que si no luchas, pierdes. Y no. A veces luchar es seguir adelante, es aceptar, es descansar, es decir “hoy no puedo”. Y a veces ni siquiera necesitas luchar. Necesitas simplemente vivir. 

Para mí, acompañar a una persona enferma no significa tener una respuesta para todo. A veces significa sentarse a su lado, escuchar, no intentar arreglarla ni convertir su enfermedad en una oportunidad para contarle tu propia historia. Y decirle algo tan sencillo como: “No sé qué decirte. Pero estoy aquí. Y no tienes que atravesarlo sola”. A veces eso es muchísimo más sanador que cualquier frase perfecta.

Tu enfermedad hace que mires el tiempo y la vida con unas gafas diferentes: ¿qué es lo que de verdad merece la pena y a qué no deberíamos dar tanta importancia?

Merece la pena aquello que nos hace sentir vivos. El amor, las personas con las que podemos ser nosotros mismos, la amistad que no necesita explicaciones, la familia cuando es refugio, los animales, la escritura… Todo aquello que no necesita ser espectacular para ser importante. Y deberíamos dar muchísimo menos valor a todo aquello que nos roba energía sin devolvernos nada: las apariencias, el qué dirán, la necesidad de gustarle a todo el mundo, las comparaciones, la obsesión por el éxito, las discusiones absurdas, el miedo a equivocarnos… Todo eso ocupa muchísimo espacio en nuestras vidas.

Cuando comprendes que el tiempo es limitado, algunas cosas empiezan a perder su poder. Yo ya no quiero vivir intentando impresionar a nadie: quiero vivir de una manera que tenga sentido para mí. Mirar atrás y pensar que, dentro de todas las circunstancias que me tocaron, no dejé de ser yo. Porque quizá al final la pregunta no sea cuánto tiempo hemos vivido. Quizá sea qué hicimos con el tiempo que tuvimos.

"Tienes derecho a tener miedo"

Si una mujer que ha recibido un diagnóstico parecido al tuyo, ¿qué te gustaría decirle desde aquí?

Lo primero de todo, que respire. Que no intente resolver su vida entera el día que recibe el diagnóstico, porque en ese momento la cabeza empieza a viajar a lugares donde todavía no estás. Puedes llegar a sufrir muchas veces por cosas que todavía no han ocurrido. Así que le diría: “Vuelve al día de hoy. Hoy es lo que tienes. Mañana ya llegará”. 

También le diría que tiene derecho a tener miedo, que no necesita demostrar valentía, que puede llorar, enfadarse, estar cansada. Y que también tendrá días en los que no quiera hablar de cáncer, y días maravillosos en los que se sentirá culpable por estar feliz. Que se informe, que pregunte, que conozca sus opciones, que confíe en los profesionales que la acompañan, y que pida una segunda opinión si siente que la necesita. Que no tenga miedo de decir “no entiendo esto, explíquemelo otra vez”. Pero sobre todo le diría algo que para mí es fundamental: no eres tu diagnóstico. Tienes una enfermedad, pero no eres esa enfermedad. Eres la mujer que eras antes de escuchar esa palabra y también la mujer en la que te estás convirtiendo después de escucharla. Sigues teniendo deseos, historias, vínculos. Y no permitas que nadie te quite eso.

Yo no puedo prometerle que todo va a salir bien. Pero hay una forma de esperanza mucho más honesta que esa: la esperanza de seguir mirando hacia delante aunque no puedas ver el final del camino. Mientras estemos aquí, la historia se sigue escribiendo: podemos enamorarnos, escribir un libro, reírnos hasta llorar o descubrir una versión de nosotras que no conocíamos. O sentarnos al sol y durante unos minutos sentir que todo está bien. Y eso también es vida.