La lección de vida y coraje de Marta Francés, triatleta paralímpica: "Caí en una depresión y me intenté suicidar"
Marta Francés ha publicado su autobiografía, cuyo título es su lema vital, 'Siempre p’alante', y sus su nuevos retos son ayudar a la gente en el centro deportivo que ha abierto en Puertollano, y prepararse para su primer Ironman
La atleta rompe el silencio sobre el lado más oscuro del deporte de élite. "La gente no quiere afrontar el bullying, prefieren hacer como si no existiera. Y eso hace que los acosadores sean más fuertes"
Medalla de plata en los JJ.OO de París, campeona del mundo en triatlón y ejemplo de supervivencia, la triatleta paralímpica se desnuda en esta entrevista íntima donde repasa el infierno del bullying, un tumor a los 16 años y una agresión sexual en la universidad. Una historia de superación en la que el deporte y su familia fueron claves.
La historia de la atleta paralímpica Marta Francés (Puertollano, 1995) conmueve por su crudeza, pero impacta aún más por la serenidad con la que la recuerda, aunque a veces se le quiebra la voz un instante. Solo uno, lo justo para tomar aire y seguir. Se podría pensar que los obstáculos que ha tenido que afrontar tenían que ver con el tumor que sufrió a los 16 años. Pero no fue solo eso. Además, según cuenta tuvo que superar bullying en el instituto, acoso laboral como deportista de élite y una agresión sexual cuando estudiaba en la Universidad.
Su autobiografía 'Siempre p’alante Nunca mires atrás hasta la meta' relata cómo decidió levantarse una y otra vez, aferrándose al deporte como tabla de salvación. “Lo he HECHO con ayuda del editor, porque yo no sé escribir bien”, confiesa con honestidad, “estuve un año anotando todo lo que me había pasado, y él lo puso bonito”.

Una infancia marcada por el aislamiento
Marta fue una niña inquieta, llena de energía. “En mi casa siempre me han apuntado a todas las extraescolares posibles para desfogar”, recuerda. Esa vitalidad se vio truncada cuando, a los 13 años, su familia se trasladó a Cartagena. Allí, sin red de apoyo, comenzó a sufrir acoso escolar.
“Cuando pensamos en bullying nos imaginamos una pelea entre dos, pero es todo lo contrario”, explica, “es cuando un grupo grande se pone contra ti, sin motivo, y no puedes hacer nada”. Ella nunca se calló, y eso empeoró su situación. Le rompían libros, tiraban sus deberes al váter y le escondían la mochila. “Ese tipo de cosas que lo lees desde fuera y dices ‘menuda tontería’, se convierten en tu mayor pesadilla. Pasé la adolescencia sin una sola amistad”, apunta.

La fuerza de las tortugas
A los 16 años, mientras lidiaba con la hostilidad escolar, y practicaba gimnasia rítmica y atletismo, unos constantes mareos la obligaron a visitar al traumatólogo. “Resultó ser un tumor en el cerebelo que cambió mi vida para siempre”, cuenta. Sus padres no paraban de llorar, pero Marta reaccionó con una madurez sobrecogedora. ”Les dije que tenían que parar. No podíamos pasar así los dos meses que quedaban para la operación”, dice.
Tras la segunda operación para extirpar su tumor no podía ni moverse ni hablar. Tenía hemiparesia lateral izquierda, lo que le suponía pérdida severa de equilibrio y coordinación. Despertar fue una experiencia aterradora. “Recuerdo la oscuridad, la desorientación, el miedo”, cuenta. Pasó más de un día en reanimación, consciente pero atrapada en su cuerpo. "Era un trozo de carne, no podía hablar, intentaba mandar ordenes a mi cuerpo, pero no reaccionaba", cuenta.
Su neurocirujano le explicó que tenía que moverse en cuanto sintiera el más mínimo latido en un músculo. Y le habló de las tortugas marinas, de cómo corren por sus vidas en la arena nada más nacer, para escapar de los depredadores. Ahí nació su lema, siempre para adelante.
Reaprender a ser autónoma fue un viaje durísimo. Leyó cuentos infantiles para volver a hablar, y reeducó sus piernas, con sus padres sujetándola por los hombros. El día que su madre la soltó en una calle y logró caminar veinte metros sola, se rompió. “Ahí sí que lloré, no podía parar”, confiesa. A los seis meses ya estaba trotando.
Acabar los estudios también fue un reto. Primero de bachillerato lo hizo a distancia, con intensos dolores de cabeza a diario. “Mi profesora me ayudó mucho, me traía los apuntes, le estoy muy agradecida”, cuenta. Segundo bachillerato implicó asistir a clases, “lidiando con mi discapacidad”. Al preguntarle si el acoso cesó tras su tumor, se hace un silencio denso. “No”, contesta finalmente, “ni siquiera entonces dejaron de tratarme mal”.

La noche más oscura
Aún así, se graduó en Biotecnología y su sueño de estudiar Ciencias de la Actividad Física y el Deporte en la universidad cobró fuerza. “Inicialmente me asignaron solo un 10% de discapacidad, muy por debajo de la real. Pero no me rendí. Me mudé a Madrid, me preparé y al final entré con un 45% de discapacidad”, cuenta.
En tercero de carrera, sufrió una agresión sexual tras salir con unos compañeros. “Uno de ellos de clase”, precisa. “Yo no bebía alcohol, pero volví muy tarde y no recordaba bien la noche anterior, mi madre me regañó mucho”, dice. Cuando despertó estaba dolorida y con arañazos y moratones. Al ver en la televisión las noticias sobre el caso de 'La Manada' las piezas encajaron en su cabeza. Le mostró las marcas que tenía por el cuerpo, incluida la cara interna de los muslos y los genitales, a su madre. ”Marta, te han violado”, clamó esta.
En el hospital activaron el protocolo, pero la toma tardía de muestras impidió detectar drogas. El caso fue archivado. “El juez dijo que fue consentido. Incluso me dijo ‘pues no salgas de fiesta’. Aquello me hundió”, reconoce la deportista.
Tocar fondo y renacer
“Tras el juicio toqué fondo. Caí en una depresión. Me intenté suicidar, no quería vivir”, señala. La terapia fue clave. “Gracias a la psicóloga comprendí que yo no tenía la culpa”, cuenta. Además, tuvo un aliado. “Mi hermano, compinchado con mis padres, me regaló a mi perro, Pumba. Mi padre me decía, ‘yo no lo voy a sacar y se va a morir el pobre’. Era mentira, claro que lo sacaban, pero así consiguieron que saliera de la cama, para cuidarle a él”, recuerda.
Cuando empezó a mejorar, Marta volvió a sentirse con fuerzas para regresar a la piscina. Pero sus vicisitudes no habían acabado. “Mi entrenador me había retirado la licencia. Yo ya estaba cansada de pelear, de las denuncias, así que decidí irme a una piscina pública a nadar por libre. Lo único que quería era hacer deporte por mi cuenta”, dice.

El sueño olímpico
En aquella piscina conoció a unos triatletas que la animaron a probar esa disciplina. Marta aceptó. Con una bicicleta “muy pesada, de aluminio”, se fue al Retiro a aprender a montar desde cero, “me caía a diario como si fuera una niña de cuatro años, pero con mis 22”. En su debut en Banyoles quedó tercera y, en su primer año en el circuito, ya levantaba una Copa del Mundo. Luego se preclasificó para Tokio, pero una fractura le impidió competir.
Lejos de rendirse, puso el foco en París 2024. Superó nuevas caídas y un traumatismo cerebral, pero logró la plata en paratriatlón en los JJ.OO. “Esa plata es mucho más que un premio, significa tantos obstáculos superados”, afirma. Al terminar la prueba, Marta pidió permiso a un militar francés “que llevaba una metralleta muy grande”, para cruzar la seguridad y fundirse en un abrazo con sus padres y su hermano, “son mis tres tesoros, han estado a mi lado siempre y quería celebrar con ellos”. El militar le abrió él mismo la valla.
A lo largo de su trayectoria, Francés ha acumulado un palmarés brillante que incluye los títulos de campeona del mundo y subcampeona de Europa, además de ser nombrada como la mejor triatleta europea. A pesar de estos reconocimientos, asegura haber sufrido acoso en el entorno deportivo. Intentó denunciarlo, pero afirma que no recibió apoyo.
Su federación comunicó que había investigado su caso y que lo cerraron por falta de pruebas. La atleta decidió renunciar al circuito profesional por su salud mental. “La mayoría de la gente no quiere afrontar el bullying, prefieren hacer como si no existiera. Y eso hace que los acosadores sean más fuertes”, reflexiona.

Un nuevo reto: su primer Iroman
Con todo, el deporte sigue siendo esencial para Marta, “como el aire que respiro”, y reclama más reconocimiento para los deportistas paralímpicos. “No se valora lo suficiente que somos deportistas de élite, como cualquier otro, pero aparte tenemos, como digo yo entre comillas, ‘taritas’. Y luchamos con ellas todos los días, en todo momento”, indica.
Sus valores, la superación, disciplina y empatía, le vienen de casa. "Como dicen mi abuela y mi madre, no hagas a los demás lo que no te guste que te hagan a ti", subraya. Sus padres le enseñaron a mantener la humildad, un rasgo que admira en Rafa Nadal. "Por muchos éxitos o medallas que tengas, sigues siendo igual que los demás. Todos tenemos nuestras luchas, nadie es más que nadie", afirma. "Si hablara con mi yo adolescente le diría que su vida va a ser complicada, pero que no se rinda porque también será muy bonita”, dice, y asegura que está convencida de que su misión es “ayudar a otros a través del deporte”.
Hoy, a sus 31 años, lidera su propio centro de entrenamiento en Puertollano, compite en ciclismo y tiene la mirada puesta en el 27 de abril de 2027, el día en que debutará en Valencia en su primer Ironman. Porque el camino de Marta Francés no entiende de frenos. Su brújula, como el título de su libro, solo marca una dirección: siempre para adelante.
