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¿De dónde viene la tradición de lanzar el ramo de novia?

Uno de los momentos más esperados de las bodas. Pexels
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Hay momentos en una boda que ya son todo un clásico: la entrada de la novia, el primer beso como recién casados… y el lanzamiento del ramo. Sin duda, uno de los rituales más reconocibles en cualquier boda. Ese instante en el que la novia, rodeada de risas y nervios, se da la vuelta y lanza su ramo al aire, mientras un grupo de invitadas solteras (a veces más competitivas de lo que parece) intentan atraparlo como si les fuera la vida en ello. ¿Pero alguna vez te has preguntado de dónde viene esta tradición? ¿Quién fue la primera novia que decidió lanzar sus flores al aire… y por qué?

Aunque hoy lo vivimos como un momento divertido y casi de película romántica, lo cierto es que el origen de esta costumbre poco tiene que ver con lo que vemos en Instagram o en las bodas de Pinterest. Como muchas otras tradiciones nupciales, lanzar el ramo tiene una historia curiosa, con toques de superstición, necesidad práctica y un poco de caos medieval.

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Un ‘accesorio’ que ha pasado de ser considerado amuleto protector a símbolo de amor y buena suerte… y, claro, también a protagonista de uno de los momentos más esperados del gran día.

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Origen medieval con tintes de superstición

La escena original dista mucho de la que hoy se vive en las bodas. Para entenderlo tenemos que remontarnos a la Edad Media, cuando se creía que la felicidad de la novia tenía una especie de poder contagioso. Por eso, al finalizar la ceremonia, muchas mujeres solteras intentaban tocar su vestido o quedarse con algún fragmento de él, convencidas de que eso aumentaría sus posibilidades de casarse pronto.

Como consecuencia, en muchas ocasiones la recién casada veía que su vestido corría peligro de seguir intacto y ante esta situación, algunas novias comenzaron a lanzar su ramo como una forma de distraer a las invitadas y poder salir airosas de la escena. La costumbre fue imponiéndose poco a poco y con el tiempo se transformó en el gesto simbólico que hoy se conoce: un momento que mantiene viva la idea de compartir la suerte en el amor.

El ramo como talismán

Pero eso no es todo. Antes de convertirse en un objeto 'volador', el ramo ya tenía un peso simbólico importante. Mucho antes de las floristerías y las listas de inspiración en redes sociales, las novias llevaban en sus manos ramos de hierbas como tomillo, laurel o romero, a los que se atribuían propiedades protectoras. Pues se creía que alejaban los malos espíritus y favorecían la fertilidad, dos asuntos que preocupaban -y mucho- en aquella época.

Con el tiempo, aquellas hierbas dieron paso a las flores, y el ramo pasó a representar belleza, pureza y buenos augurios. Y hoy en día, las novias eligen sus favoritas basándose en sus gustos, pero también en las emociones a las que están ligadas.

Un gesto que mezcla emoción, humor y algo de teatralidad, y que se ha ganado, por derecho propio, un lugar en el imaginario colectivo de las bodas, reinventándose de varias formas. Pues hay novias que eligen un ramo secundario para no desprenderse del suyo original, otras que lo dividen en varias partes para repartirlo entre sus amigas más cercanas.

Sea como fuere, no cabe duda de que la tradición ha evolucionado, pero mantiene su esencia: desear suerte a quienes aún no han pasado por el altar.