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¿Dormir mal engorda? Una experta explica cómo el sueño a afecta a las hormonas del hambre a partir de los 40

Dos puntos mucho más relacionados de lo que pensamos. Pexels
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Dormir poco siempre ha tenido mala fama, pero a partir de los 40 empieza a pasar factura de formas más visibles. No solo en la piel, el estado de ánimo o la energía diaria, sino también en el peso. Muchas personas aseguran que “comen igual que antes” y, aun así, les cuesta más mantenerse en su peso habitual. Y no es una percepción subjetiva, pues el descanso juega un papel clave en la regulación de las hormonas del hambre.

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“Con el paso de los años, el sueño se vuelve más frágil. Despertares nocturnos, dificultad para conciliar el sueño o un descanso menos profundo son cada vez más comunes, especialmente en mujeres a partir de la perimenopausia. Este cambio no solo afecta a cómo nos sentimos al día siguiente, sino también a cómo nuestro cuerpo gestiona el apetito y la energía”, explica a Divinity la nutricionista Elena Gurucharri, quien cuenta que “el motivo está en dos hormonas clave: la grelina y la leptina”.

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La experta comenta que la grelina es la hormona que estimula el hambre, mientras que la leptina es la encargada de enviar al cerebro la señal de saciedad. “Cuando dormimos mal, este equilibrio se altera. Aumenta la grelina y disminuye la leptina. El resultado es claro. Más hambre, menos sensación de saciedad y una mayor tendencia a comer de más, especialmente alimentos calóricos”.

Además, comenta que la falta de sueño incrementa los niveles de cortisol, la hormona del estrés. “Un cortisol elevado de forma crónica no solo favorece la acumulación de grasa (especialmente en la zona abdominal), sino que también aumenta el deseo de alimentos ricos en azúcar y grasas. No es casualidad que, tras una mala noche, el cuerpo pida energía rápida en forma de bollería, chocolate o snacks salados”.

Cuando dormir bien ayuda a perder grasa

Este efecto está respaldado por la ciencia. Así lo vemos en un estudio publicado en la revista 'Annals of Internal Medicine', que analizó a adultos sometidos a restricción de sueño durante dos semanas y observó que dormían menos de seis horas por noche tendían a consumir más calorías y a perder menos grasa corporal, incluso manteniendo una dieta controlada. De este modo los investigadores concluyeron que dormir poco altera la regulación del apetito y dificulta la pérdida de grasa, aunque la ingesta no aumente de forma consciente.

A partir de los 40, este impacto se intensifica. Si a este escenario se suma un descanso insuficiente, el cuerpo entra en un modo de “ahorro” energético que favorece el almacenamiento de grasa y dificulta el control del peso. “No hay que olvidar tampoco que dormir mal también influye en la toma de decisiones alimentarias. La falta de sueño afecta a las áreas del cerebro relacionadas con el autocontrol y la planificación, haciendo que sea más difícil resistirse a elecciones menos saludables”, indica Gurucharri.

Así que, si a partir de los 40 notas que tu cuerpo ya no responde igual, quizá la pregunta no sea solo qué comes o cuánto te mueves, sino cómo duermes. Porque sí, dormir mal no engorda por arte de magia, pero sí desajusta el sistema que debería ayudarte a mantener el equilibrio. Y el descanso, lejos de ser un lujo, es una herramienta metabólica clave.