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¿Por qué siempre hay hueco para el postre aunque estés lleno?

Siempre apetece comer postre
Siempre apetece comer postre. Pexels
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Por muy copiosa que haya sido una comida, siempre hay un hueco para el postre. Aunque puede parecer que no somos capaces de comer nada más, coronar el final de una buena comida con un delicioso postre es más que una tradición. De hecho, podríamos decir que es un antojo de nuestro paladar para el que siempre parece haber sitio, como si nuestro estómago tuviera un espacio que no pueden llenar los platos principales porque hubiera un cartel que dice “reservado para el postre”. Sí, ya sea un helado, un bombón o unas natillas caseras con galleta incluida. 

Siempre tenemos hueco para el postre. FUENTE: Pexels
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Es una situación a la que te has enfrentado en más de una ocasión, cuando alguien sugiere tomar algo de postre y tu piensas que no hay forma de que pruebes ni un bocado más. Entonces, el postre aparece ante tus ojos y todo cambia. Quieres comerlo y puedes hacerlo. Y no pasa nada de nada. Que todos llevemos a un goloso en nuestro interior es una posibilidad, pero entonces podríamos reservar ese bocado dulce para algo más tarde, sobre todo si nos sentimos muy llenos. Entonces, ¿por qué siempre hay un hueco para el postre? 

La saciedad no es solo cuestión de cantidad

Saciar a nuestro estómago no es solo una cuestión de cantidad. De hecho, ese es el tema que nos ocupa. Aparentemente, después de una comida contundente deberíamos sentirnos saciados. Y así es… hasta que aparece el postre. La saciedad es un proceso biológico que nos ayuda a evitar que comamos en exceso y a regular el peso corporal. Por eso, cuando hemos comido lo suficiente, el cerebro recibe una señal para que dejemos de ingerir comida. Sin embargo, ese momento también desencadena un deseo por ingerir alimentos dulces, así que no todo tiene que ver con la cantidad. 

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El azúcar, una debilidad para el ser humano

Sobre el asunto de que tengamos siempre hueco para tomar algo dulce después de las comidas, realizaron un estudio Henning Fenselau y Marielle Minère, investigadores del Instituto Max Planck, junto a otros estudiosos para la Investigación del Metabolismo del University College de Londres. Las conclusiones a las que llegaron nos ayudan a entender por qué podemos seguir teniendo ganas de comer algo dulce incluso cuando ya no tenemos hambre. Al parecer, las mismas células nerviosas responsables de que nos sintamos saciados, lo son también de que tengamos el deseo de comer dulce a continuación.

Nuestro cerebro se activa al ver azúcar. FUENTE: Pexels

Estas células, que se encuentran el hipotálamo del cerebro y se denominan neuronas proopiomelanocortina (POMC), se activan cuando el azúcar aparece delante de nuestros ojos. Entonces, estimulan la B-endorfina, que actúa en nuestro organismo como si fuera un opiáceo y desencadena la conocida como sensación de recompensa. Y esto solo pasa cuando se trata de azúcar adicional, no de la que contienen los alimentos de manera natural. 

¿Por qué a nuestro cerebro le gusta el azúcar?

Sabemos que, por lo general, controlar la ingesta de azúcar no es sencillo. Y si ya lo has conseguido y la tomas de manera ocasional, sin duda en algún momento has tenido que pasar por un proceso de “desintoxicación” para rebajar tus ganas de comer dulce. Pues bien, no es una cuestión de debilidad, sino de supervivencia. A día de hoy, con todas las opciones de alimentos que tenemos a nuestro alcance, darle al cerebro la dosis de glucosa que necesita es fácil sin recurrir a dulces elaborados.

Pero él no lo sabe. El cerebro trata el azúcar de forma diferente a otros alimentos porque se trata de un alimento escaso en la naturaleza que proporciona energía de manera inmediata. Por eso está programado para desearla en el momento en el que está disponible y, al verla, es capaz de revertir la sensación de saciedad que ya habíamos alcanzado.