"Mis hijos adolescentes me sacan de quicio": pautas de una psicóloga familiar para afrontar esta etapa
Consejos de psicóloga para gestionar la envidia entre hermanos: "Naturalizar las emociones"
Andrea González explica cómo acompañar a los hijos durante la adolescencia, poner límites y evitar que cada conversación termine en una discusión
MadridHay días en los que una contestación o una puerta que se cierra de golpe pueden acabar con la paciencia de cualquiera. Convivir con un hijo adolescente no siempre es fácil, pero entender qué puede haber detrás de sus reacciones ayuda a no vivir cada desacuerdo como un ataque personal. La psicóloga Andrea González recuerda que esta etapa también puede ser complicada para ellos: están intentando descubrir quiénes son y reivindicar su independencia, aunque todavía no tengan todas las herramientas para gestionar lo que sienten.
"La adolescencia suele ser sinónimo de revolución hormonal, identitaria, de intentar entender quién soy y dónde encajo, de irascibilidad, de querer reivindicarme como individuo adulto pero sin tener todavía herramientas para gestionarme como tal", explica. Por eso, su primera recomendación es acompañarlos y ofrecerles un lugar seguro al que acudir, sin renunciar a ejercer el papel adulto. "Es muy importante que como padres seamos empáticos con ellos. Siendo firmes también en nuestros límites, pero entendiendo que esto no va de enfrentarse y ver al otro como enemigo, sino de acompañar y actuar como la figura adulta que somos".
Cómo frenar una discusión antes de que vaya a más
Cuando la conversación sube de tono, es fácil responder con otra mala contestación y terminar discutiendo por algo que quizá se podía haber hablado de otra manera. No podemos controlar cómo reacciona nuestro hijo, pero sí intentar regular nuestra propia respuesta. Para González, mantener la calma no significa ceder ni dejar de ser claros; significa evitar que el enfado se apodere de la conversación.
"Cuando discutimos con alguien no podemos evitar que el otro nos grite, pero sí que podemos evitar hacerlo nosotros. No hay que alzar la voz, pero sí ser firmes con aquello que estamos diciendo, no caer en provocaciones —recuerda, además, que tú eres el adulto— e indicar qué cosas no vas a tolerar". Una manera de hacerlo, propone, es explicar con claridad que no se puede continuar hablando si hay gritos o malas contestaciones.
También conviene saber cuándo parar. Si notamos que estamos a punto de explotar o de decir algo hiriente, podemos retirarnos un momento y avisar de que necesitamos una pausa. "Las cosas no suelen resolverse bien si se hablan desde el enfado. Hay que buscar siempre el momento de calma para abordar los temas sensibles o complicados", apunta la psicóloga. Dejar la conversación para más tarde no significa ignorar el problema; puede ayudar a retomarlo con más serenidad.
Límites claros, consecuencias relacionadas
Poner límites forma parte de la convivencia, aunque no siempre podamos garantizar que nuestros hijos vayan a respetarlos. Lo que sí está en nuestra mano, señala González, es decidir cómo actuar si se traspasan. Si anunciamos una norma, pero después no pasa nada cuando se incumple, el mensaje pierde fuerza.
"Cuando ponemos un límite, no podemos controlar si el otro lo va a respetar o no. Lo que sí que debemos hacer es aplicar consecuencias en caso de que no se respete. Si le digo a mi hijo que en casa a la una de la mañana y llega a las dos de manera injustificada, esa transgresión del límite debe tener consecuencias". La psicóloga distingue entre estas y los castigos: la respuesta debe guardar relación con lo ocurrido y ser proporcionada. Si no ha recogido el baño, por ejemplo, quitarle el móvil durante un mes no tiene mucho sentido. Una consecuencia más coherente sería pedirle que deje ordenada esa zona común antes de salir de casa.
La confianza también se construye en los pequeños gestos
Si un adolescente parece distante o no cuenta lo que le preocupa, quizá cueste encontrar el momento para acercarse. González recuerda que la confianza no aparece de un día para otro ni depende solo de lo que hagamos durante esta etapa: se construye con el tiempo, escuchando y mostrando interés también antes de que lleguen los conflictos.
Eso no significa que, si la comunicación se ha enfriado, ya no haya nada que hacer. "Siempre es buen momento para cambiar tu actitud a través de pequeños gestos: mostrarte más cercano, ensalzar las cosas buenas que tiene en lugar de centrarnos solo en las malas, pedir perdón también cuando te equivocas, darles su espacio y empezar a reconocerles cierto grado de autonomía", aconseja.
Acompañar a un hijo adolescente no consiste en evitar todos los roces, sino en procurar que los desacuerdos no se conviertan en una lucha constante. Escuchar, hablar cuando haya más calma y sostener límites claros puede ayudar a atravesar esta etapa con más confianza y menos enfrentamientos.