Silvia Álava, doctora en Psicología, sobre conviivir en familia con adolescentes con TDAH y acompañarlos: "Elegir las batallas"
MadridLa adolescencia rara vez es una etapa sencilla. A los cambios físicos y emocionales se suman más carga académica, nuevas responsabilidades y una vida social que gana peso. Si, además, el adolescente tiene trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), organizar el día, concentrarse o controlar una respuesta impulsiva puede resultar todavía más complicado. Pero no siempre se trata de un paso atrás. El cerebro adolescente atraviesa una reorganización y la corteza prefrontal, implicada en la planificación, la atención y el autocontrol, es una de las últimas áreas en madurar. Entenderlo ayuda a acompañar mejor y rebajar los conflictos.
Por qué algunos síntomas se hacen más evidentes
“El TDAH puede darse con hiperactividad o sin ella, pero lo que existe es una dificultad en la función ejecutiva”, explica Silvia Álava, doctora en Psicología. Este término reúne capacidades como orientarnos hacia una meta, planificar, organizar, supervisar y mantener la atención. También entra en juego la función ejecutiva caliente, vinculada a la regulación emocional.
Durante la adolescencia, todo este sistema está en plena transformación. Álava lo compara con una zona “en obras”. Por eso, quien había aprendido a organizarse puede volver a necesitar ayuda o mostrarse más desbordado. “No es que estemos dando pasos atrás, sino que se junta el TDAH con el proceso de reorganización cerebral propio de la adolescencia”, aclara.

En otros casos, el diagnóstico llega en esta etapa, aunque el trastorno no haya comenzado entonces. Algunos niños han compensado sus dificultades gracias a sus habilidades o al apoyo de un adulto que hacía de “director de orquesta”: organizaba, recordaba y supervisaba. Al llegar a Secundaria aumentan la carga lectiva y la autonomía, y lo que antes se compensaba empieza a hacerse visible.
Tampoco conviene relacionar automáticamente el TDAH con unas malas notas. “Los resultados académicos no forman parte de los criterios diagnósticos”, recuerda la psicóloga. Sus manifestaciones giran alrededor de la inatención, la hiperactividad y la impulsividad, aunque pueden afectar al rendimiento, las amistades y la autoestima. Recibir correcciones constantes puede hacer que el adolescente piense que nunca hace nada bien.
Dormir, limitar las pantallas y elegir las batallas
No toda dificultad para concentrarse es TDAH. La falta de sueño, la ansiedad, una etapa emocional complicada o el uso excesivo de pantallas también alteran la atención. Cuando el problema está relacionado con los hábitos, suele mejorar al recuperar el descanso o reducir las pantallas. En el TDAH, al ser un trastorno neurobiológico, las dificultades se mantienen en distintos momentos y contextos, aunque unos buenos hábitos evitan que se intensifiquen. Ante señales persistentes, Álava recomienda realizar una valoración completa y no quedarse únicamente con el “le cuesta concentrarse”. Además de hablar con la familia y los profesores, se estudian la atención sostenida, la selectiva y la capacidad de volver a centrarse tras una distracción. El objetivo es averiguar qué hay detrás.
En casa, comprender el diagnóstico evita convertir la convivencia en una cadena de reprimendas. Es más útil dividir una tarea en pasos, dejar claras las expectativas y reforzar los momentos en los que el adolescente sí consigue atender o terminar algo. “Hay que elegir las batallas”, resume Álava. En el colegio pueden ser necesarias adaptaciones que valoren cómo responde en un examen, pero también cómo trabaja y completa las tareas.

El tratamiento debe plantearse de forma coordinada entre el adolescente, la familia y el centro educativo. Se trabajan la planificación, la organización, las habilidades sociales y la regulación emocional: identificar qué siente, comprender por qué y decidir cómo actuar sin responder de manera automática.
¿Puede ayudar la suplementación con DHA?
La nutrición también ha despertado interés como apoyo complementario. M.ª Ángeles de Broto, fundadora de BrudyLab, destaca especialmente el DHA, un ácido graso omega-3 que forma parte de las membranas neuronales y participa en el funcionamiento y la comunicación entre neuronas.
En 2019, la revista científica Neuropsychiatric Disease and Treatment publicó un estudio realizado durante seis meses con niños y adolescentes diagnosticados de TDAH. Los participantes se dividieron al azar en dos grupos: uno recibió una formulación concentrada de DHA desarrollada por BrudyLab, denominada Tridocosahexanoína-AOX®, y el otro, un placebo. Ni las familias ni los investigadores sabían qué había recibido cada participante hasta que terminó el ensayo. Según explica De Broto, al comparar los resultados se observaron mejoras significativas en algunas escalas completadas por las familias que valoraban la falta de atención, la hiperactividad y la combinación de ambos síntomas.
“Sin embargo, los resultados deben interpretarse con prudencia. Algunas medidas cognitivas mejoraron dentro del grupo que recibió DHA, pero no alcanzaron diferencias estadísticamente significativas frente al placebo. Además, los estudios disponibles no siempre emplean las mismas formulaciones, dosis ni concentraciones, y los participantes pueden partir de estados nutricionales diferentes”, cuenta De Broto y añade que “la suplementación tampoco sustituye al tratamiento psicológico, educativo o farmacológico. Antes de recomendarla, el profesional sanitario debe revisar la alimentación, las necesidades individuales, la composición del producto y la medicación”.
La idea no es buscar una solución rápida, sino sumar apoyos bien escogidos. Rutinas realistas, descanso, coordinación con el colegio, acompañamiento psicológico y, cuando esté indicado, tratamiento médico o suplementación supervisada pueden ayudar al adolescente a contar con estrategias que de verdad le sirvan.

Cómo convivir mejor con un adolescente con TDAH
La convivencia mejora cuando la familia entiende que muchas de las conductas que generan conflicto no responden a falta de interés o de voluntad. Olvidarse de una tarea, perder algo o no empezar los deberes a tiempo no siempre significa que el adolescente no quiera colaborar. A menudo necesita que la indicación sea más concreta y que una actividad larga se divida en varios pasos asumibles.
También ayuda reducir los recordatorios constantes. Repetir una orden muchas veces, elevar el tono o enumerar todo lo que ha hecho mal durante el día suele aumentar la tensión sin resolver el problema. Es preferible escoger qué asuntos son realmente importantes, dar una instrucción cada vez y comprobar que la ha entendido. Como señala Silvia Álava, se trata de “elegir las batallas” para que la casa no se convierta en un escenario de correcciones continuas.
Eso no significa eliminar las normas. Los límites deben ser claros, estables y ajustados a su edad, pero también conviene reconocer los avances, aunque parezcan pequeños. Si consigue organizarse, terminar una tarea o frenar una respuesta impulsiva, señalarlo le permite identificar qué ha hecho bien y repetirlo. Después de pasar buena parte del día escuchando lo que debe mejorar, ese reconocimiento puede marcar una diferencia importante en su autoestima.
Por último, es fundamental reservar espacios en los que el TDAH no sea el centro de todas las conversaciones. Compartir una comida, practicar algún deporte o pasar un rato juntos sin hablar de notas, horarios ni tareas ayuda a cuidar el vínculo. El objetivo no es hacerlo todo por él, sino ofrecerle una estructura que poco a poco le permita ganar autonomía sin sentirse constantemente vigilado.
