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Meryl Streep, antes y después: la evolución de su estilo desde sus comienzos hasta 'El diablo se viste de Prada 2'

La evolución del estilo de Meryl Streep desde sus inicios en el cine. Fotomontaje con imágenes de Cordon Press y Getty Images
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El estreno de “El diablo se viste de Prada 2” no solo ha devuelto a la actualidad uno de los títulos más influyentes en la relación entre cine y moda, sino que ha puesto el foco de nuevo en Meryl Streep, pero si algo ha cambiado en estas dos décadas no es solo su personaje, Miranda Priestly, sino también la manera en que la actriz se relaciona con el estilo.

Lo cierto es que la actriz está demostrando una elegancia depurada y contemporánea, pero durante gran parte de su carrera la moda nunca fue una prioridad. A diferencia de otras actrices de su generación, nunca demostró especial interés por la moda como herramienta ligada a su trabajo y, de hecho, en numerosas ocasiones ha reconocido que le importaba “poco o nada”. Basta mencionar que hasta el pasado mes de septiembre que acudió al ‘front row’ de Dolce & Gabbana, jamás había asistido a un desfile de moda.

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Esa falta de interés se ha traducido a lo largo de los años en alfombras rojas correctas (en ocasiones no tanto), pero raramente memorables, porque su prioridad siempre fue el trabajo interpretativo y su imagen pública se construyó desde esa autenticidad, sin necesidad de encajar en un estilo concreto, sino simplemente el de ser fiel a sí misma.

Hoy, en plena promoción de la secuela, Streep atraviesa lo que muchos califican como una “segunda juventud”. Tras su separación y su actual relación con Martin Short, la actriz parece haber iniciado una etapa vital más abierta, que también se refleja en su imagen. Su estilo ha ganado en sofisticación y riesgo, ya no se limita a lo seguro, experimenta, prueba y parece que disfruta.

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Así ha cambiado el estilo de Meryl Streep desde sus inicios en el cine

En sus primeras apariciones públicas, a finales de los años 70 y principios de los 80, Streep proyectaba una imagen coherente con su perfil como actriz sobria, intelectual y alejada de cualquier artificio. No respondía ni a los códigos del glamour clásico de Hollywood, ni a las corrientes más vanguardistas, en realidad, su estilo era propio y auténtico.

Colores como el blanco y el negro dominaban su armario, con algunas concesiones al dorado en eventos más señalados. Como ejemplos, el conjunto que vistió en 1980 cuando recogió el Oscar por su papel en “Kramer contra Kramer”, el modelo por el que apostó en la gala de los Oscar de 1983 en la que, embarazada de su hija, recogió la estatuilla como mejor actriz por “La decisión de Sophie”, o el conjunto negro que eligió en 1989 cuando fue nominada por “Un grito en la oscuridad”.

A esta identidad estética hay que sumar el que se ha convertido en uno de los rasgos distintivos de su personalidad, su pelo. Desde 1982, Streep ha confiado en el mismo peluquero, Roy Helland, una fidelidad poco habitual en la industria de Hollywood y que refleja su carácter ajeno a modas pasajeras.

En la década de los 90, Meryl Sreep ya es una estrella consolidada, pero su estilo sigue jugando en la liga fácil del blanco y el negro, aunque suma alguna pedrería a su armario. Se aseñoró innecesariamente cuando en 1996, con 46 años, fue nominada por “Los puentes de Madison” y tampoco acertó con el Valentino que eligió para la gala de los Oscar en 1999. Los escotes barco habían llegado a su vida y nunca se iban a ir del todo.

El punto de inflexión que marcó Miranda Priestly

La primera década de 2000 empieza con un ligero cambio, en la gala de los Oscar de 2003 introduce el azul en su paleta de color y apuesta por una silueta algo más ajustada con un complicado diseño de Donna Karan, y en la de 2006 apuesta por un escotado diseño púrpura de Rogelio Velasco, pero todo cambiaría, con su interpretación de Miranda Priestly en El diablo se viste de Prada.

El personaje no solo redefinió la percepción pública de Streep, con un papel menos intenso, sino que introdujo en su universo ‘fashion’ la idea del poder a través de la moda, desmarcándose en los Oscar de 2007 con un Prada menos formal, pero con mucho más estilo.

Comenzaba una nueva era en la que parecía haberse producido una fusión entre la actriz y el personaje, un fenómeno similar al que vivió Sarah Jessica Parker con Carrie Bradshaw, donde los límites entre ficción y realidad se habían difuminado.

A partir de entonces, la actriz comenzó a elegir sus estilismos con más mimo y entre sus aciertos destacan el vestido blanco con escotazo de Chris March que lució en 2010, el diseño dorado de Lanvin con el que recogió en Oscar en 2012 o el modelo bicolor que eligió para la ceremonia de 2014.

En esta evolución ha sido clave la figura de la estilista Micaela Erlanger, responsable de redefinir su imagen pública desde 2015. Desde el principio su enfoque ha sido respetar la esencia de la actriz, especialmente en la promoción de la segunda entrega de “El diablo se viste de Prada”: “Lo que no quería en ningún caso es que Meryl pareciera disfrazada”, ha señalado la estilista.

El nuevo estilo de Meryl Streep

En sus últimas apariciones públicas, Streep ha demostrado una seguridad estilística que jamás le habíamos visto en la que cada elección parece responder a una mayor conciencia sobre un glamour sereno y maduro, alejado de la estridencia, pero mucho más visible que en etapas anteriores.

Lo más interesante de esta evolución es que no aparenta ser forzada, sino que la actriz parece haber aprendido a utilizar la moda como una herramienta de comunicación, sin perder su autenticidad y aunque Meryl Streep nunca aspiró a ser un icono de estilo, en el momento más mediático de su carrera reciente su estilo vive un punto álgido, más sofisticado, más consciente y hasta más libre.

Este giro se traduce en siluetas más estructuradas, tejidos más ricos, volúmenes controlados y una paleta cromática que incorpora matices más atrevidos porque, aunque el negro sigue presente, ahora convive con el rojo, con estampados arriesgados y con detalles metálicos.

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