Eduardo Senante, farmacéutico, sobre los suplementos en formato gominola: “No tienen mucho sentido”

Eduardo Senante, farmacéutico especializado en dermocosmética. Eduardo Senate
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“Tomo suplementos en forma de gominola como si realmente fueran gominolas”, le escuché decir el otro día a una compañera del trabajo. Lo dijo sin ironía, casi con orgullo, como quien ha encontrado la forma de comer chucherías y, a la vez, se cuidara como la que más. Y la realidad es que resume bastante bien el éxito de los suplementos en formato gominola: colores llamativos, sabor agradable y la promesa de cuidarte como si hubieras bajado al kiosco a comprar una bolsita llena de dentaduras, nubes, fresas y moras. El sueño de todos los golosos. Pero ¿son realmente equivalentes a una cápsula o a un polvo? Desde el mostrador de la farmacia, Eduardo Senante, farmacéutico y uno de los divulgadores sanitarios más seguidos en redes, pone matices.

Senante lo explica con claridad: “Desde el punto de vista farmacéutico, a nivel generalista, los suplementos en formato gominola no siempre son equivalentes a cápsulas, polvos o comprimidos”. Y no lo son, sobre todo, por tres razones. La primera tiene que ver con la dosis. “El formato gominola no permite compactar dosis muy altas de activos”, señala. Subir la concentración suele traducirse en peor sabor o en una textura poco agradable, lo que limita la cantidad real de ingrediente activo que puede llevar cada gominola.

A eso se suma la estabilidad. Algunas vitaminas, especialmente las hidrosolubles, “son poco estables en formato gummies”, lo que pone en duda su eficacia real a lo largo del tiempo. Y hay un tercer punto clave: la biodisponibilidad. “Cuando envolvemos los activos en ese complejo azucarado de edulcorantes, pueden presentar una biodisponibilidad irregular”, explica. Dicho de otro modo: no se absorben igual ni actúan igual.

Azúcar, edulcorantes y etiquetas que conviene leer despacio

Al margen de su eficacia, el otro gran foco de debate está en el azúcar. “Parecen chucherías”, dice Senante, y esa apariencia no es casualidad. Para hacerlas apetecibles se recurre a “jarabe de glucosa, sacarosa o edulcorantes intensivos. Incluso en las versiones sin azúcar aparecen los polialcoholes, como el maltitol o el sorbitol, que pueden dar problemas digestivos si se toman en cantidad”, nos advierte.

El farmacéutico insiste en mirar la etiqueta con lupa. No basta con leer los gramos de azúcar por gominola. “Hay que fijarse en la dosis diaria”, recalca, porque no es lo mismo 0,5 gramos en una unidad que seis gominolas repartidas a lo largo del día. También conviene revisar el tipo de edulcorantes, la dosis real del activo y el resto de ingredientes que acompañan a la fórmula. Para Senante, hay algo paradójico en todo esto: “No tiene mucho sentido que una suplementación, que busca un estilo de vida saludable, nos obligue a consumir azúcar a diario”.

¿Estrategia de venta o una puerta de entrada?

Entonces, ¿son solo marketing? Senante es claro: no. El gran punto fuerte de las gominolas es la adherencia. “Son muy apetecibles y eso hace que la gente se las tome”, explica. En perfiles con baja adherencia, personas con dificultad para tragar comprimidos o cuando se buscan dosis muy bajas, “pueden ser un formato interesante”. También encajan en estrategias preventivas o de mantenimiento, no terapéuticas.

El problema llega cuando se normaliza que todas las gominolas son equivalentes al resto de formatos. “A priori no deberían ser la primera opción cuando necesitamos una acción rápida o corregir un déficit claro”, advierte. Y añade otro riesgo menos comentado: “los niños. Al confundirse con chucherías, pueden tomarlas sin control y llegar a hipersuplementarse”, alarma.

Para Senante, “los suplementos en formato gummies tampoco son el enemigo número uno”. Y continúa: “pero no van a sustituir nunca una suplementación personalizada, bien formulada y basada en dosis reales y eficaces”. Por eso insiste en no dejarse llevar solo por el sabor o la moda. Y recuerda una idea que conviene no olvidar: “el mejor suplemento no es el que sabe mejor, sino el que realmente cumple la función que promete para lo que necesitamos”, remata.