Desmaquillarse

Un cosmetólogo, sobre las toallitas desmaquillantes: "A largo plazo, usarlas solo es como barrer sin levantar la alfombra"

Una chica usando toallitas desmaquillantes
Bodegón con algunos esenciales para desmaquillar la piel. Freepik
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Tener un paquete de toallitas desmaquillantes en la mesilla o una botella de agua micelar en el baño es casi tan común como tener un pintalabios rojo. Son rápidas, prácticas y prometen dejar la piel limpia en un par de pasadas. Pero… ¿realmente lo hacen? ¿O solo nos dan la sensación de limpieza mientras la piel sigue acumulando residuos invisibles?

Para despejar dudas, hemos preguntado a tres voces con autoridad en la materia: un químico, un dermatólogo y un farmacéutico. Ellos nos cuentan, sin rodeos, qué hacen de verdad estos productos, en qué casos pueden ayudarte y por qué, si buscas una piel sana a largo plazo, tu rutina debería ir más allá.

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Ni protagonistas ni solución completa

“Llamar ‘limpieza’ a lo que hacen muchas toallitas desmaquillantes es generoso. Retiran algo de maquillaje, sí, pero dejan tras de sí una fiesta de residuos y tensioactivos que nadie ha invitado”, arranca Arturo Álvarez-Bautista, químico, doctor en Nanomedicina y fundador de la marca Arturo Alba. Con el agua micelar matiza: “Si está bien formulada, es más respetuosa y efectiva, especialmente si hablamos de maquillajes ligeros o filtros solares no muy resistentes”. Pero recalca que ni una ni otra “pueden ser protagonistas” y que su papel es más bien de “buen papel secundario en una rutina con más ambición”.

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El doctor Carlos Morales Raya, uno de los dermatólogo más prestigiososs de nuestro país, experto en acné, estética y láser, director de la Clínica Morales Raya en Madrid y de la marca Raya Cosmética, coincide en que son útiles, pero limitadas: “Su eficacia es buena en maquillajes ligeros y protectores solares no resistentes al agua, pero se quedan cortas cuando hablamos de maquillaje de larga duración o filtros solares de alta resistencia”. Por eso, en dermatología siempre las ven “como un primer paso de limpieza y no un método único y suficiente”.

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Pedro Catalá, cosmetólogo, doctor en Farmacia, profesor de química cosmética en la Universidad de Siena y fundador de Twelve Beauty, añade que en el caso de las toallitas “en la mayoría de los casos suponen una limpieza agresiva para la piel, debido a la fricción de la toallita al frotarla sobre el rostro”. Y sobre las aguas micelares, advierte de su pH: “Se formulan a un pH elevado, alrededor de 7.4, que contrasta con el pH de la piel del rostro, que es alrededor de 5”.

Lo que pasa cuando son tu única limpieza

Álvarez-Bautista lo resume de forma gráfica: “A largo plazo, usar solo estos productos es como barrer sin levantar la alfombra: lo que no se ve, se queda”. Esto implica “acumulación de residuos, inflamación crónica de bajo grado, alteración de la barrera cutánea… y lo peor: la falsa sensación de limpieza”.

El doctor Morales Raya explica que su uso exclusivo deja “restos de tensioactivos, conservantes y otras sustancias que, a largo plazo, alteran el equilibrio de la microbiota y la función barrera”. El resultado puede ser “irritación, sequedad, rojeces e incluso brotes de acné o empeoramiento de enfermedades inflamatorias como la rosácea”.

Mujer con rosácea

Y es que, tal y como relata Catalá, as toallitas, al tener un 90% de agua, “requieren elevadas cantidades de conservantes” y que esto “está unido a diferentes irritaciones y reacciones alérgicas”. Con las aguas micelares, su pH elevado “fuerza demasiado la piel” si se usan como única limpieza de forma continua.

Cuándo sí y cuándo no

No hay que demonizar ni al agua micelar ni a las toallitas, pero hay que saber cómo y cuándo. El agua micelar, para Álvarez-Bautista, “puede ser útil en viajes, emergencias, post-quirúrgicos, pieles ultra sensibilizadas… pero siempre como solución temporal o primer paso”. Y las toallitas, solo “para emergencias tipo festival de música o vuelo de 12 horas sin lavabo a la vista”.

Morales Raya coincide en que funcionan “en viajes, gimnasio o momentos en los que no hay acceso a un lavabo” y como primer paso de una doble limpieza. No las aconseja “como único método diario, ni en pieles muy secas, con tendencia acneica o con enfermedades inflamatorias”.

Catalá entiende que, cuando andamos faltas de tiempo, acaben siendo nuestro 'salvavidas' pero “el impacto negativo sobre la salud de la piel es notable”. Por eso prefiere “leches o cremas desmaquillantes tradicionales” o incluso aprovechar “la ducha para desmaquillarse”.

¿Aclarar o no aclarar?

En esto no hay debate. “Aunque los fabricantes suelen indicar que no hace falta aclarar, para mí es como sacar la ropa de la lavadora antes del aclarado”, dice Álvarez-Bautista. Morales Raya insiste en “aclararlas siempre con agua o continuar con un limpiador suave”. Catalá lo considera una regla de oro: “Siempre hay que enjuagar todos los limpiadores y en especial las aguas micelares”.

La rutina mínima que tu piel agradece

Álvarez-Bautista recomienda “doble limpieza facial: primero un limpiador oleoso para disolver maquillaje, SPF y sebo, y luego uno acuoso suave para arrastrar restos hidrosolubles”. Morales Raya apunta que el segundo paso debe adaptarse a cada piel: “Espuma o gel para pieles grasas y mixtas, leches o geles cremosos para pieles secas o sensibles”. Catalá, si se usan toallitas o micelares, insiste en que sean “solo el primer paso” y que después se añada “una crema o leche de limpieza con lípidos clave y moléculas calmantes”.

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La conclusión de los tres es clara: ni toallitas ni agua micelar deberían ser el único gesto de limpieza diario. Pueden salvarte en un apuro, pero tu piel, y su salud a largo plaz, necesita más.