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Marilén Lefret, nutricionista, sobre las emociones y el estómago: “El intestino es nuestra energía”

El estómago refleja nuestras emociones. Club BO BA
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MadridHay días en los que sentimos que el estómago va por libre. Antes de hablar en público, aparece un nudo imposible de ignorar. Durante una época de estrés, las digestiones se vuelven pesadas y caprichosas. En una ruptura, el apetito desaparece como por arte de magia… Y cuando llega una noticia buena, esa que nos remueve por dentro, sentimos mariposas revoloteando como si no existiera nada más en el mundo.

Aunque solemos hablar de estas sensaciones como algo “emocional”, la realidad es bastante más compleja… y más fascinante. Y es que nuestro sistema digestivo es un territorio lleno de neuronas, hormonas, señales químicas y mensajes constantes que viajan en ambas direcciones: del cerebro al intestino y del intestino al cerebro. Por eso no es casual que muchos lo llamen “nuestro segundo cerebro”.

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Pero ¿por qué está ahí esa conversación silenciosa? ¿Qué explica que vivamos nuestras emociones literalmente en las tripas? ¿Y qué papel juega la alimentación en todo esto? Para comprenderlo, hablamos con Andrea González, psicóloga; y Marilén Leflet, dietista-nutricionista especializada en salud digestiva y hormonal en Club BO BA. Dos voces diferentes que coinciden en una misma idea: escuchar lo que pasa en nuestro interior -y especialmente en nuestro estómago- es una forma poderosa de entender cómo estamos por dentro.

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Un sistema nervioso entero en el abdomen

Para empezar, Andrea nos recuerda un dato que muchas personas desconocen: “A lo largo de todo el tracto digestivo se encuentra el sistema nervioso entérico, una parte del sistema nervioso que conecta directamente al cerebro con los intestinos, el estómago e incluso el esófago”.

En otras palabras, lo que pensamos, sentimos o tememos se refleja de forma directa en nuestro aparato digestivo. Por eso perder el apetito en época de ansiedad o sufrir diarreas antes de una entrevista importante es más normal de lo que creemos. “Las emociones no afectan solo a nivel mental; también dejan huella física”, añade González.

La dificultad aparece cuando estas emociones no se gestionan y se vuelven crónicas. Entonces sí, el sistema digestivo puede resentirse seriamente. La psicóloga lo explica sin rodeos: “El mayor enemigo es el estrés”. Porque vivir bajo presión prolongada aumenta la posibilidad de sufrir síndromes intestinales como el colon irritable, empeora los que ya existen e incluso favorece la inflamación intestinal, terreno fértil para enfermedades más graves. Además, el estrés altera la microbiota, ese “ecosistema interno” imprescindible para protegernos a nivel digestivo.

Incluso influyen los rasgos de personalidad. “Las personalidades tipo A -más competitivas, exigentes y perfeccionistas- son especialmente propensas a experimentar estrés y, por tanto, a sufrir todos estos problemas digestivos”, apunta.

El intestino sí tiene su propio idioma

Marilén Leflet lo confirma desde la nutrición. El sistema digestivo habla. Y mucho. “Más que el estómago, todo el sistema digestivo tiene su propio lenguaje y nos envía señales constantemente”, explica.

Cuando aparecen hinchazón, gases, digestiones pesadas, cambios en el apetito o en el tránsito intestinal, el cuerpo no está “molestando”: está comunicando. El problema es que hemos aprendido a ignorar, normalizar o silenciar estas señales, sobre todo cuando vivimos con prisas o en piloto automático. “Escuchar estas señales y no normalizarlas es clave para atenderlas. Cuidar el intestino es una forma de cuidar nuestra energía, nuestro bienestar diario y nuestra salud global”, añade.

Intestino-cerebro: la conexión emocional que lo explica todo

La pregunta inevitable es: ¿existe realmente una conexión entre lo que sentimos y lo que pasa en el estómago? La respuesta de Leflet es rotunda: “Sí, y es fascinante”. El intestino y el cerebro están unidos por el eje intestino-cerebro, una autopista de comunicación constante. Por eso, cuando estamos nerviosos o tristes, aparecen síntomas digestivos. Y también a la inversa: cuando tenemos una digestión alterada o una microbiota en desequilibrio, nuestro estado de ánimo puede resentirse.

Aquí llega otro dato sorprendente. El 90% de la serotonina (la hormona de la felicidad) se produce en el intestino. Esto significa que un intestino en buen estado no solo mejora la salud física, sino también la emocional.

Cómo influye lo que comemos en cómo nos sentimos

La relación entre alimentación y emociones va mucho más allá de los típicos “alimentos que animan” o “los que pesan”. Según Leflet, influye lo que comemos, pero también cómo y cuándo. “Una dieta basada en alimentos frescos, fibra, frutas, verduras, grasas saludables y comida real favorece un estado anímico más estable, mejora la energía y reduce la irritabilidad. En cambio, los azúcares, los ultraprocesados o el alcohol generan inflamación y alteraciones en la glucosa que pueden traducirse en bajones emocionales”, indica. Además, añade que mantener horarios regulares ayuda a equilibrar hormonas y niveles de energía. Y evitar el picoteo constante permite que el intestino active sus mecanismos de limpieza y mantenga la energía estable.

Alimentos que ayudan a la estabilidad emocional

Si hubiera que señalar algunos aliados, Leflet propone:

  • Ricos en triptófano: huevos, frutos secos, plátano, legumbres.
  • Grasas saludables (omega 3): pescados azules, semillas de lino o chía.
  • Fibra y antioxidantes: frutas, verduras, avena.
  • Magnesio: cacao, semillas de calabaza, sésamo y lino, avena y frutos secos.

“No hay una ‘dieta de la felicidad’, pero sí una manera de comer que te ayuda a sentirte más ligera, equilibrada y vital”, afirma.

… y los que conviene moderar

No se trata de prohibir, sino de ser conscientes. Entre los alimentos que más alteran el equilibrio digestivo y emocional, Leflet señala los azúcares refinados, edulcorantes, ultrapocesados. Las grasas trans y aceites refinados, el alcohol. Y también el exceso de cafeína, especialmente en épocas de estrés o mal descanso. “También conviene permitir que el cuerpo descanse entre comidas y evitar los picoteos sin sentido que interrumpen el trabajo natural del intestino”, comenta.

Escuchar al estómago es escucharte a ti

Si hay algo que queda claro tras hablar con ambas expertas es que nuestro estómago no solo digiere alimentos. Digiere emociones, tensiones, ritmos de vida y estados mentales. Y siempre nos está lanzando señales. Como recuerda Andrea, descuidar emociones como el estrés mantenido, la ansiedad o la ira no afecta solo al plano psicológico, pues repercute en sistemas tan importantes como el digestivo, el reproductivo, el cardíaco o el inmune. Y, como insiste Marilén, escuchar al intestino es una de las formas más inteligentes de conectar con nosotros mismos.