Nutrición

Una experta en hábitos alimentarios, sobre el mito de que tenemos más hambre cuando hace frío: "No todas las personas"

Miriam Tara nos saca de dudas. Cortesía / Pexels
Compartir

MadridCuando bajan las temperaturas, es habitual que cambien también nuestras ganas de comer. Puede que nos apetezca menos una ensalada y más una crema caliente, un guiso de legumbres o una sopa que nos ayude a entrar en calor. De ahí a pensar que en invierno tenemos más hambre y necesitamos comer más hay un paso, aunque la relación entre el frío y el apetito no es igual para todo el mundo.

"Decir que cuando hace frío tenemos más hambre es una simplificación. El frío puede influir en el gasto energético y en la ingesta, pero no todas las personas responden igual ni todas necesitan comer más durante los meses de invierno", explica Miriam Tara, fundadora de KilosOut, un proyecto de acompañamiento nutricional que promueve una relación más flexible y realista con la comida.

PUEDE INTERESARTE

El organismo trabaja para mantener estable su temperatura interna y, en determinadas condiciones, la exposición al frío puede hacer que aumente el gasto energético. Pero eso no implica que el apetito vaya a crecer automáticamente ni que tengamos que añadir más cantidad a cada comida solo porque haya bajado el termómetro. También influyen el tiempo que pasamos al aire libre, la intensidad del frío y las circunstancias de cada persona.

PUEDE INTERESARTE

Además, la estación no llega sola. Hay menos horas de luz, cambian las rutinas y, en muchos casos, también nuestra actividad física. A esto se suman las comidas sociales y el estado de ánimo, que pueden influir en lo que nos apetece y en cómo interpretamos las señales del cuerpo. Así que, si en invierno buscas más a menudo algo reconfortante, no siempre es porque tengas más hambre: a veces, sencillamente, te apetece una comida caliente.

Hambre física o ganas de algo reconfortante

Aprender a distinguir el hambre física de las ganas de comer por apetencia o costumbre puede ayudar a entender mejor qué necesitamos en cada momento. No se trata de analizar cada bocado ni de decidir si una apetencia está bien o mal. Hay alimentos que asociamos con el hogar, con los planes en familia o con esa sensación agradable de sentarse a la mesa después de un día frío. Y disfrutar de ellos también forma parte de una relación saludable con la comida.

"No se trata de desconfiar de lo que nos apetece ni de intentar controlar cada comida. Se trata de aprender a escucharnos y entender qué necesitamos en cada momento. Tener ganas de un plato caliente es completamente compatible con una alimentación saludable", señala Tara.

La experta recuerda que no hace falta convertir cada deseo de comer en un motivo de culpa. Si te apetece una crema de verduras, una sopa o un plato de cuchara, puedes incorporarlo a tu menú sin pensar que tienes que compensarlo después. La cuestión está en escuchar las propias señales con cierta flexibilidad, en lugar de seguir reglas rígidas que no tienen en cuenta las necesidades de cada persona.

Comer bien en otoño e invierno también es disfrutar

Adaptar la alimentación a los meses fríos puede ser tan sencillo como preparar los ingredientes de otra manera. Las verduras de temporada, las legumbres, los cereales, los huevos y el pescado pueden formar parte de platos calientes y completos. Una crema de verduras con huevo, una sopa con legumbres o un guiso acompañado de verduras son algunas opciones para cambiar el menú sin renunciar al equilibrio ni al sabor.

Tampoco es necesario eliminar los hidratos de carbono o reducir las cantidades por sistema. Más que fijarse en una comida aislada, conviene mirar el conjunto de los hábitos y buscar una alimentación variada y suficiente que encaje con la vida cotidiana. Hay días en los que tendremos más hambre y otros en los que menos, y esa diferencia no tiene por qué responder únicamente a la temperatura exterior.

"No necesitamos pasar hambre en invierno ni compensar después lo que hemos comido. Necesitamos construir hábitos que podamos mantener durante todo el año, también cuando cambian nuestras rutinas", añade Miriam.

Mantener horarios que se adapten a cada persona, cuidar el descanso y conservar una actividad física regular también puede ayudar a sentirse mejor durante el invierno. “No se trata de comer más por obligación ni de comer menos por miedo a ganar peso, sino de encontrar una forma de alimentarse que resulte variada, apetecible y sostenible. Porque cuando el frío invita a cambiar la ensalada por un plato de cuchara, no hay que hacer cuentas: basta con escuchar el hambre y disfrutar de una cena que siente bien”, concluye.