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Ni el negro favorece a todos ni el blanco es universal: dos expertas desmontan los mitos del color al vestir

Dos expertas desmontan los mitos del color al vestir. Fotomontaje con imágenes de Cordon Press y Júlia de Porras
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Durante décadas hemos repetido que el negro estiliza, que el blanco combina con todo o que el rojo “no es para mí”. Sin embargo, estas afirmaciones no siempre se sostienen desde el punto de vista técnico. El color, aplicado al vestir, no funciona por normas universales, sino por armonías individuales.

Doris Soro y Júlia de Porras, cofundadoras de Rose Marigold, son especialistas en análisis de coloración física. Su trabajo parte del estudio científico de la naturaleza del color, de cómo interactúan los tonos entre sí y de la relación que existe entre la pigmentación natural de cada persona y los matices que realmente potencian su imagen.

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A través del análisis de la armonía entre piel, cabello y ojos, ofrecen herramientas prácticas para elegir con criterio. Y lo dejan claro desde el principio: “ni el negro favorece a todo el mundo ni el blanco es universal”.

Un breve repaso a los tipos de color personal

El análisis de color personal no es una tendencia reciente, sino una metodología desarrollada a partir de la teoría cromática. La primera clasificación moderna dividía a las personas en cuatro grandes grupos inspirados en las estaciones del año: primavera, verano, otoño e invierno. Este sistema inicial contemplaba dos dimensiones del color, el tono (cálido o frío) y el valor (claro u oscuro). En función de estas variables se establecieron las cuatro categorías clásicas: Invierno: frío y oscuro; Otoño: cálido y oscuro; Primavera: cálido y claro; Verano: frío y claro. El tono se determina observando si predominan matices ceniza o dorados en piel, cabello y ojos. El valor, en cambio, responde al grado de claridad u oscuridad global.

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En los años 80, la autora Carole Jackson amplió este sistema incorporando una tercera dimensión: la saturación o intensidad del color. Así nació la clasificación de las 12 estaciones, donde cada grupo se subdivide en tres variantes (Puro, Brillante y Suave), afinando mucho más el diagnóstico cromático. Para determinar el color personal no basta con observar el tono superficial, es necesario analizar el fototipo, que puede orientarse mediante la escala Fitzpatrick (I-VI), según la respuesta de la piel al sol, el subtono, es decir, el matiz frío, cálido o neutro que subyace bajo la piel, y la saturación, que suele depender del contraste entre piel, ojos y cabello. Cuanto mayor es el contraste, mayor es la intensidad cromática.

Este enfoque técnico permite desmontar varios de los mitos más repetidos en moda, no para complicar el armario, sino para entender que el color es una herramienta estratégica y que, elegido con conocimiento, no solo estiliza, sino que ilumina, equilibra y rejuvenece.

Primer mito: el negro no favorece a todo el mundo

El negro es uno de los colores más presentes en el armario occidental, de hecho es tan popular porque se asocia a elegancia, autoridad y sofisticación. En entornos profesionales, además, se percibe como seguro y atemporal, sin embargo, desde el análisis cromático no es un color neutro ni universal.

En personas con piel muy clara o con subtonos cálidos, el negro puede endurecer los rasgos, acentuar sombras y proyectar un aspecto más fatigado. Esto ocurre porque el negro puro es un color frío y de alta intensidad, que genera un contraste muy marcado cuando no está en armonía con la pigmentación natural. La clave, como explica Doris Soro, es matizar: “todo el mundo tiene su propio negro”, señala, “una tonalidad determinada que encaja con su piel y mantiene la elegancia natural de este color sin tener efectos indeseados”.

Ese “negro personal” puede adoptar diferentes versiones que van de un negro humo más suavizado o un azabache brillante, a un negro con subtono café o incluso con matices azulados. El objetivo no es eliminar el negro del armario, sino encontrar la variante adecuada.

Segundo mito: si me gusta, me queda bien

El gusto personal influye en nuestras elecciones, pero no garantiza armonía visual. Aunque desde Rose Marigold observan que muchas personas tienden de forma intuitiva a elegir colores cercanos a su estación, no siempre ocurre así. El análisis de color demuestra que los tonos que mejor funcionan son aquellos que comparten características con el propio físico en términos de temperatura, luminosidad e intensidad.

Cuando un color está alineado con la pigmentación natural y se coloca cerca del rostro, de manera inmediata la piel parece más uniforme, las ojeras se suavizan y el rostro se percibe más descansado incluso sin maquillaje. Por el contrario, cuando el tono elegido no está en sintonía, puede acentuar irregularidades, enfatizar líneas de expresión o restar luminosidad. Por eso no todo lo que resulta atractivo a simple vista funciona igual cuando lo llevas puesto.

Tercer mito: ni todos los rojos, ni todos los blancos

Frases como “el rojo no es para mí” o “el blanco me apaga” suelen derivar de haber probado un tono inadecuado del color.

El rojo es uno de los tonos con mayor variedad cromática, existen rojos anaranjados y cálidos, así como rojos azulados y fríos. La diferencia es determinante en el resultado final y lo mismo ocurre con el blanco: “se suele pensar en el blanco como un único color, cuando en realidad es uno de los más complejos”, advierte Júlia de Porras. Blanco óptico, marfil, crema, blanco roto o hueso no producen el mismo efecto sobre la piel, pues mientras que el blanco puro puede endurecer en pieles cálidas, el marfil puede suavizar y aportar luminosidad.

Las fundadoras de Rose Marigold insisten en que el problema no es el color en sí, sino la elección del matiz incorrecto. Cuando se ajusta a la paleta personal, tanto el rojo como el blanco pueden convertirse en grandes aliados.

Cuarto mito: el color cambia con la edad

Otro error frecuente es asociar edad y limitación cromática. Teñirse de rubio para parecer más joven o pensar que las canas obligan a vestir tonos pastel son creencias extendidas, pero poco fundamentadas.

Hay que pensar que la genética no se modifica con los años, las canas no “anulan” la estación cromática y tampoco lo hacen los tintes. Una persona que armoniza con colores intensos puede seguir llevándolos con el cabello gris o blanco si esos tonos respetan su temperatura y saturación natural.

El cabello forma parte de la armonía global, pero no es el único factor determinante, también hay que tener en cuenta que el subtono de la piel, el color de ojos y el contraste siguen siendo elementos clave.